Bienvenidos al Estado de Bienestar

Alvaro José Aurane

Prosecretario de Redacción

Sábado 4 de Febrero de 2012 | La cifra de desocupación anunciada por el Gobierno reconfigura por completo la realidad tucumana: esta es la provincia del pleno empleo y el desarrollo óptimo... o no.



El Gobierno tucumano, finalmente, ha dado una de las noticias más trascendentes de la historia de Tucumán. En la provincia, el desempleo es del 3%. Sólo el 3%. Y nada más que el 3%. La trascendencia del anuncio es tal que obliga a cambiar por completo el paradigma según el cual venían formulándose las preguntas, y dándose las respuestas, acerca de la realidad subtropical.

Semejante indicador oficial puede sintetizarse en dos palabras: pleno empleo. Un concepto de la teoría económica ciertamente complejo, debatido y revisado, que sin embargo se entiende sin problemas en su aplicación práctica. En la historia contemporánea, pleno empleo tiene un sinónimo de tres palabras: Estado de Bienestar.

Esa es, tras el dato oficial, la nueva situación de Tucumán.

Los culpables
El Estado de Bienestar, precisa el investigador Juan Manuel Cerdá (Conicet - Universidad Nacional de Quilmes), consistió en un conjunto de instituciones públicas destinadas a elevar el nivel de vida de la población en general, y de la fuerza de trabajo en particular. Enseña Cerdá que su modelo más amplio, "el de la seguridad social, cubría a toda la población contra las contingencias sociales, independientemente de la actividad que realizaba o de su capacidad tributaria".

De este reconfiguración del Estado tucumano surge una suerte de primera certeza: la culpa de los males que padece la sociedad son de sus miembros y no de sus gobernantes. Es decir, si la Argentina es uno de los países que más retrocedió durante la década pasada en materia educativa, según el informe PISA, es porque ese es un parámetro cipayo. Las escuelas son magníficas, sobre todo las públicas, y los que amputan grandes tajadas de sus sueldos para mandar a sus hijos a colegios privados no lo hacen para que los niños reciban mejor formación sino porque son discriminadores. Por eso, todo el funcionariado manda hijos o nietos a escuelas estatales...

Esa misma conducta segregacionista opera en quienes se mudan a barrios privados. No es cierto que ellos pagan más para estar más protegidos, porque la seguridad pública tucumana es envidiable. Claramente, los episodios de inseguridad que se padecen no logran ser resueltos por la Policía de Tucumán por cuanto los delincuentes son todos foráneos: vienen de otras provincias. No hay otra posibilidad, porque aquí todo el mundo tiene empleo. Y, se sabe, no hay cuerpo que aguante trabajar ocho horas y, después, salir por las noches a delinquir.

Los oligarcas
Por supuesto, el Estado de Bienestar tiene desestabilizadores y se los ve actuar en los hospitales. Porque en Tucumán, salvo el 3% de la población económicamente activa, el resto tiene empleo y, por ende, obra social. Así que, en realidad, los centros públicos de salud están llenos porque hay un boicot para saturarlos y, eventualmente, hacer que el Siprosa gaste más. La mayoría de los médicos están implicados en esta conflagración. Los del sector privado no abren nuevos sanatorios porque no quieren. ¿Qué otra razón pueden tener ahora, cuando las obras sociales pagan fortunas porque reciben aportes hasta reventar gracias al fenómeno de mega-ocupación? Están complotados, por supuesto, con los autoconvocados del Siprosa, que reclaman mejoras laborales y salariales por pura codicia. De allí que el Ministerio de Salud, que autorizaba pagos por $ 800.000 a fundaciones fantasma, haya creado el luego abortado tribunal de ética para revisar sus protestas.

Hay, claro, una legión de neoliberales. Son los jubilados que reclaman el pago del 82% móvil, pero no porque la Justicia ya ha dicho que les corresponde sino por afán excesivo de riqueza, para vacacionar fuera del país. Son los vecinos de Los Perez, que hicieron piquetes en la ruta a Los Ralos: agentes de la derecha desestabilizadora que fingen pedir puestos de trabajo para darle de comer a sus hijos. Lo mismo con quienes tomaron la comuna de Garmendia: eso de que buscan contratos es una mascarada, son más bien gorilas que rechazan el proyecto nacional y popular.

Por cierto, los que repudian los aumentos de las tarifas de los servicios públicos o la modificación del Código Tributario sólo se quejan de llenos.

El pleno empleo es tan real que se ajusta a primigenios conceptos de la economía keynesiana: se asiste al vaciamiento del mercado del trabajo. Por eso, desaparecieron numerosos oficios y ya no hay, por ejemplo, quién haga poltronas legislativas. Así que debieron comprarlas a España.

En definitiva, Tucumán es un Estado de Providencia. De funcionamiento pleno de las instituciones para el progreso no de las autoridades sino de los ciudadanos. Donde a lo sumo puede haber uno que otro desajuste. Una que otra distorsión. Pero es lo único de lo que se pueden quejar...

O no.

Los despojados
O en realidad, la criminalidad cada vez más brutal y violenta es, como siempre lo fue, la denuncia en el formato más aberrante de que la mentada redistribución de la riqueza es discursito. La inseguridad se torna más incruenta no donde hay más pobres sino donde es mayor la brecha entre ricos y pobres. Y ni hablar cuando ese abismo separa a los nuevos ricos de los mismos pobres.

Acaso la sociedad está fracasando como sociedad porque ya no tiene bienes comunes que la asocien. Porque la escuela pública donde estudiaron gobernadores y ministros y secretarios ya no existe. Y así como hay que comprar mejor educación, o sea pagar colegios privados, también hay que pagar mejor salud y mejor seguridad. O alguna seguridad.

Los jubilados, doblados bajo el peso de los años, insolados, viejitos, siguen dándole vueltas a la plaza porque sus decisiones cotidianas pasan por optar entre comer o pagar los remedios. Y en el interior, los tucumanos se encadenan en las comunas para implorar una mensualidad porque la diaria elección es que coman los grandes o que coman los chicos.

Y los usuarios se hartan de que no haya luz en verano ni gas en invierno, mientras que ellos siempre están para que les metan las manos en los bolsillos en nombre de los mayores costos que la inflación oficial niega, y de las futuras inversiones que nunca llegan. Qué decir del contribuyente ante al Estado que recauda al borde del apriete, para luego gastar descontroladamente.

Los verdaderos
O sea, tal vez (sólo tal vez), no hay pleno empleo. Ni Estado de Bienestar. Ni desarrollo óptimo. Y las colas en los comercios, de gente que no va por la publicidad de una oferta sino por el aviso de un trabajo, por ahí, están compuestas por legítimos desocupados y no por infiltrados que quieren dar sensación de desempleo. Capaz que los que mendigan en los semáforos, los que juntan cartones en el centro y los que manejan carros en la periferia son reales. Como las hacinadas villas en las que sobreviven. Sin conocer la escuela. Ni siquiera una de las malas.

En una de esas, hay que darle la diestra a los alperovichistas que están sorprendidos (para no pretender avergonzados) de que su jefe sostenga una cifra que implica que el único tucumano que no trabaja es el que no quiere hacerlo. Y hay que creer en el alegato de que al mandatario le pasaron "la cifra" y él la anunció sin mayores filtros. O hay que darles la siniestra: el gobernador es contador. Estudió estadística. Y mucho. Antes de que le dieran el título y después de que fuese ministro de Economía. En definitiva, si la verdad no es un derecho, seguro será un izquierdo.

¿Y la metodología de la muestra estadística? ¿A cuánto asciende la subocupación? Durante el menemato, el desempleo y el subempleo llegaron a rondar el 50% de la población económicamente activa. A veces, incluso, superándolo. Claramente, son otros tiempos y otros gobiernos. Pero, ¿dónde esta el oculto milagro industrial tucumano? ¿O el oficialismo cree que ese desarrollo consiste en supermercados, hoteles y call centers? No. No lo cree. Pero prefiere hablar de eso antes que de la única industria que sí se disparó al infinito: el gasto público en cargos estatales. El alperovichismo llegó al Gobierno en 2003, con una planta de 44.000 estatales, que creció el 57%, hasta ubicarse en los 69.387 empleados de planta actuales. De ellos, 9.152 fueron designados el año pasado: el de las tres elecciones. Más los contratados. Más los 15.000 beneficiarios del programa Argentina Trabaja, que duplican a los 7.000 trabajadores de los mentados call centers.

Los discutidores
Al final, ¿por qué el gobernador anuncia un desempleo del 3%, tan (para decirlo de modo elegante) evidentemente improbable? Precisamente para eso: para debatir su probabilidad. O sea, para hablar de una cifra. De una abstracción. No de la realidad, elevada a la categoría de "única verdad" por el propio peronismo. Para esa discusión no hay lugar. Para las otras, para las ficciones, los asientos legislativos que vienen desde Europa, y que no son de otra clase sino de la misma que emplea la Asamblea General de las Naciones Unidas, son perfectos.

En agenda, de hecho, ya figura una primera cuestión: cambiar el eslogan del Gobierno, que en principio se ha quedado obsoleto. Porque si anunciaron que el desempleo es sólo del 3%, y además pretenden que es verdad, entonces no queda mucho por realizar. Por el contrario, ya no hay nada que hacer.