La violencia terrible que estamos padeciendo, que padecen en particular algunos colectivos más débiles y vulnerables es una expresión del terrible grado de violencia que nos devora constantemente, nos vamos transformando cada vez más en maquinas de trabajar y consumir, porque ese es el precio que pagamos por la riqueza ajena.
Es la negación de nuestra existencia para dar forzadamente vida, nuestra vida a otros, esto implica una violencia abominable que se expresa de muchas formas igualmente terribles, es la dictadura del capital, la padecen las mujeres, los niños y también los hombres.
Prendo la televisión. Miro un diario. Escuchó la radio: políticas del partido de gobierno, cómplices y coautoras necesarias de quienes condenan a la educación (una figura femenina) y a las maestras a un presupuesto indecente, a salarios indecorosos, y a ser denigradas por considerarlas responsables de un desastre educativo que no determinaron, se desesperan por hablar del feminicido y más leyes contra el flagelo de la llamada violencia doméstica, pero de lo otro, callan, se olvidan de ese garrotazo colectivo a un gremio mayoritariamente integrado por mujeres, la esencialidad, se olvidan del descuento de un saque de los paros: ¿por qué, acaso no quieren defender a las mujeres?
¿Queremos hablar de violencia en serio? Hablemos del sueldo de las cajeras de los supermercados, a quienes se le dio un convenio salarial infame, y donde este se rechaza cae la doble represión de la patronal y un sindicalismo cada día más oficialista.
¿Hablemos de porque muchas jubiladas deben volver a trabajar, porque la plata no les da, y nadie mueve un dedo para solucionar eso?
Conocemos las categorías de análisis, no tenemos miedo a hablar de patriarcado, y a reconocer que hay estructuras que están actuando en nosotros de dominio, que existen formas sutiles de explotación, sin embargo no debemos permitir que se nos metan en corrales de ramas, que se nos fijen agendas ajenas para apartarnos de nuestras metas y objetivos.
A las compañeras hay que escucharlas no guste o no lo que tengan para decirnos, pero no a quienes están en la vereda de enfrente porque pertenecen objetivamente al campo de los explotadores, la humanidad no se divide entre blancos o negros, ateos o creyentes, hombres o mujeres, homosexuales o heterosexuales, sino entre explotados y explotadores, esa es la única división posible.

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