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Fragmento de la obra Mein Kampf en la cual Hitler explica el por qué de su aversión al pueblo judío


judios


Cierta vez, al caminar por los barrios del centro, me vi de súbito frente a un hombre de largo chaflán y de rizos negros.
¿Será un judío?, fue mi primer pensamiento.
Los judíos de Linz no tenían ciertamente esa apariencia racial.
Observé al hombre sigilosamente, y, a medida que me fijaba en su extraña fisonomía, rasgo por rasgo, fue transformándose en mi mente la primera pregunta en otra inmediata: ¿Será también éste un alemán?
Como siempre en casos análogos, traté de desvanecer mis dudas consultando libros. Con pocos céntimos adquirí por primera vez en mi vida algunos folletos antisemitas. Todos, lamentablemente, partían de la hipótesis de que el lector tenía ya un cierto conocimiento de causa, o que por lo menos comprendía la cuestión; además, su tono era tal, debido a razonamientos superficiales y extraordinariamente faltos de base científica, que me hizo volver a caer en nuevas dudas.
Durante semanas, tal vez meses, permanecí en la situación primera.
La cuestión me parecía tan trascendental y las acusaciones de tal magnitud que, torturado por el temor de ser injusto, me sentía vacilante e inseguro.
Naturalmente que ya no era dable dudar de que no se trataba de alemanes de una creencia religiosa especial, sino de un pueblo diferente en sí; pues desde que me empezó a preocupar la cuestión judía, cambió mi primera impresión sobre Viena. Por doquier veía judíos, y, cuanto más los observaba, más se diferenciaban a mis ojos de las demás gentes. Sobre todo en el centro de la ciudad y en la parte norte del canal del Danubio, se notaba la presencia de un verdadero enjambre de individuos que, por su aspecto externo, en nada se parecían a los alemanes. Y si aún hubiese dudado, mi vacilación habría tenido que tocar definitivamente a su fin, debido a la actitud de una parte de los judíos mismos.
Se trataba de un gran Movimiento que tendía a establecer claramente el carácter racial del judaísmo. Este Movimiento era el sionismo.
Aparentemente apoyaba tal actitud sólo un grupo de judíos, en tanto que la mayoría la condenaba; sin embargo, al analizar las cosas de cerca, esa apariencia se desvanecía, descubriéndose un mundo de subterfugios de pura conveniencia, por no decir de mentiras. Los llamados ?judíos liberales" rechazaban a los sionistas, no porque ellos no se sintiesen igualmente judíos, sino únicamente porque éstos hacían una pública confesión de su judaísmo, lo que ellos consideraban inconveniente y hasta peligroso.
En el fondo se mantenía inalterable la solidaridad de todos.
Aquella lucha ficticia entre sionistas y judíos liberales debió pronto causarme repugnancia, porque era falsa en absoluto y porque no respondía al decantado nivel cultural del pueblo judío. ¡Y qué capítulo especial era aquél de la "pureza material y moral" de ese pueblo!
Cada vez más, esa pureza moral o de cualquier otro género era una cuestión discutible. Que ellos no eran amantes de la limpieza, podía apreciarse por su simple apariencia. Infelizmente, no era raro llegar a esa conclusión hasta con los ojos cerrados.
Muchas veces, posteriormente, sentí náuseas ante el olor de esos individuos vestidos de chaflán. Si a esto se añaden las ropas sucias y la figura encorvada, se tiene el retrato fiel de esos seres.
Todo eso no era el camino para atraer simpatías. Cuando, sin embargo, al lado de dicha inmundicia física, se descubrían las suciedades morales, mayor era la repugnancia.
Nada me había hecho reflexionar tanto en tan poco tiempo como el criterio que paulatinamente fue incrementándose en mí acerca de la forma como actuaban los judíos en determinado género de actividades.
¿Es que había un solo caso de escándalo o de infamia, especialmente en lo relacionado con la vida cultural, donde no estuviese complicado por lo menos un judío?
Quien, cautelosamente, abriese el tumor, habría de encontrar algún judío. Esto es tan fatal como la existencia de gusanos en los cuerpos putrefactos.
Otro grave cargo pesó sobre el judaísmo ante mis ojos cuando me di cuenta de sus manejos en la prensa, el arte, la literatura y el teatro.
Las palabras llenas de unción y los juramentos dejaron de ser entonces útiles; era nulo su efecto. Bastaba ya observar las carteleras de espectáculos, examinar los nombres de los autores de esas pavorosas producciones del cine y el teatro sobre las que los carteles hacían propaganda y en las que se reconocía rápidamente el dedo del judío. Era la peste, una peste moral, peor que la devastadora epidemia de 1348, conocida por el nombre de "Muerte Negra". Esa plaga estaba siendo inoculada en la Nación.
Cuanto más bajo el nivel intelectual y moral de esos industriales del arte, tanto más ilimitada es su actuación, lanzando, como lo haría una máquina, sus inmundicias al rostro de la Humanidad. Reflexiónese también sobre el número incontable de personas contagiadas por este proceso. Piénsese que, por un genio como Goethe, la Naturaleza echa al mundo decenas de millares de tales escritorzuelos que, portadores de bacilos de la peor especie, envenenan las almas.
Es horrible constatar - y esta observación no debe ser despreciada - que es justamente el judío el que parece haber sido elegido por la Naturaleza para esa ignominiosa labor.
¿Se debe indagar el motivo de que esa elección haya recaído en los judíos?
Comencé por estudiar detenidamente los nombres de los autores de inmundas producciones en el campo de la actividad artística en general. El resultado de ello fue una creciente animadversión de mi parte hacia los judíos. Por más que eso contrariase mis sentimientos, era arrastrado por la razón a sacar mis conclusiones de los que observaba.
Era innegable el hecho de que las nueve décimas partes de la literatura sórdida, de la trivialidad en el arte y el disparate en el teatro, gravitaban en el "debe" de unos seres que apenas sí constituían una centésima parte de la población total del país.
Con el mismo criterio, comencé también a apreciar lo que en realidad era mi preferida "prensa mundial".
Cuanto más sondeaba este terreno, más disminuía el motivo de mi admiración de antes. El estilo se me hizo insoportable, el contenido cada vez más vulgar y, por último, la objetividad de sus exposiciones me parecía más mentira que verdad. ¡Los editores de esa prensa eran también judíos!
Muchas cosas que hasta entonces me pasaban desapercibidas, ahora me llamaban la atención como dignas de ser observadas; otras que ya habían sido objeto de mis reflexiones pasaron a ser mejor comprendidas.
Ahora veía bajo otro aspecto la tendencia liberal de esa prensa. El tono moderado de sus réplicas o su silencio de tumba ante los ataques que se le dirigían debieron revelárseme como un juego a la par hábil y villano. Sus glorificantes críticas de teatro estaban siempre destinadas al autor judío, y las apreciaciones desfavorables sólo alcanzaban a los autores alemanes.
Precisamente por la perseverancia con que se zahería a Guillermo II, y, por otra
parte, se recomendaba la cultura y la civilización francesas, podía deducirse lo sistemático de su acción. El contenido de las novelas era de repelente inmoralidad, y en el lenguaje se veía claramente el dedo de un pueblo extranjero. El sentido de todo era tan visiblemente lesivo al germanismo que su propósito no podía ser sino deliberado.
¿Quién tenía interés en esa campaña?
¿Era acaso todo sólo obra de la casualidad? La duda fue creciendo en mi espíritu.
Esta evolución mental se precipitó con la observación de otros hechos, con el examen de las costumbres y de la moral seguidas por la mayor parte de los judíos.
Aquí todavía fue el espectáculo de las calles de Viena el que me proporcionó una lección práctica más.
En Viena, como seguramente en ninguna otra ciudad de la Europa occidental, con excepción quizá de algún puerto del sur de Francia, podía estudiarse mejor las relaciones del judaísmo con la prostitución, y, más aún, con la trata de blancas.
Caminando de noche por el barrio de Leopoldo, a cada paso era uno, queriendo o sin querer, testigo de hechos que quedaban ocultos para la gran mayoría del pueblo alemán, hasta que la Guerra de 1914 dio a los combatientes alemanes, en el frente oriental, oportunidad de poder ver, mejor dicho, de tener que ver semejante estado de cosas.
Sentí escalofríos cuando por primera vez descubrí así en el judío al negociante desalmado, calculador, venal y desvergonzado de ese tráfico irritante de vicios, en la escoria de la gran urbe.
No pude más, y desde entonces nunca eludí la cuestión judía.
Por el contrario, me impuse ocuparme en adelante de ella. De este modo, siguiendo las huellas del elemento judío a través de todas las manifestaciones de la vida cultural y artística, tropecé con ellos inesperadamente donde menos lo hubiera podido suponer: ¡Judíos eran también los dirigentes del Partido Socialdemócrata
Ahora que me había asegurado que los judíos eran los líderes de la Socialdemocracia, comencé a ver todo claro. La larga lucha que mantuve conmigo mismo había llegado a su punto final.
En las relaciones diarias con mis compañeros de trabajo, ya mi atención había sido despertada por sus sorprendentes mutaciones, hasta el punto de tomar posiciones diferentes en torno a un mismo problema en el espacio de pocos días y, a veces, de pocas horas.
Difícilmente podía comprender cómo hombres que, tomados aisladamente, tenían una visión racional de las cosas, la perdían de repente, al ponerse en contacto con la masa. Era un motivo para dudar de sus propósitos.
Cuando, tras discusiones que duraban horas enteras, me había convencido de haber esclarecido finalmente un error y ya me alegraba con la victoria, acontecía que, a pesar mío, al día siguiente tenía que volver a empezar el trabajo, pues todo había sido inútil. Como un péndulo en movimiento, que siempre vuelve a sus posiciones anteriores, así sucedía con los errores combatidos, cuya reaparición era siempre fatal.
De esta manera pude comprender: 1°, que ellos no estaban satisfechos con la suerte que tan áspera les era; 2°, que odiaban a los patrones, que les parecían los responsables de esa situación; 3°, que injuriaban a las autoridades, que les parecían indiferentes ante su deplorable situación; 4°, que hacían manifestaciones en las calles, sobre la cuestión de los precios de los artículos de primera necesidad.
Todo eso podíase todavía comprender, poniendo la razón aparte. Lo que, por el contrario, resultaba incomprensible era el odio sin límites a su propia Nación, el empequeñecimiento de sus grandezas, la profanación de su historia, el desprecio por sus grandes hombres...
Esta revuelta contra su misma especie, contra su propia casa, contra su propio terruño natal, era sin sentido, inconcebible y antinatural.
Por algunos días, como máximo por algunas semanas, se conseguía librarles de estos errores. Cuando más tarde se encontraba al presunto convertido, de nuevo los antiguos errores se habían apoderado de su espíritu. El monstruo había poseído a su víctima.
Gradualmente me fui dando cuenta que en la prensa socialdemócrata preponderaba el elemento judío; sin embargo, no di mayor importancia a este hecho, puesto que la situación de los demás periódicos era la misma. Empero, otra circunstancia debió llamarme más la atención: no existía un solo diario donde interviniesen judíos que hubiera podido calificarse, según mi educación y criterio, como un órgano verdaderamente nacional.
Venciendo mi aversión, intenté leer esa especie de prensa marxista, pero mi repulsa por ella crecía cada vez más. Me esforcé por conocer de cerca a los autores de esa bribonada y verifiqué que, comenzando por los editores, todos eran también judíos.
En cuanto un folleto socialdemócrata llegaba a mis manos, examinaba el nombre de su autor: siempre era un judío. Remarqué casi todos los nombres de los dirigentes del Partido Socialdemócrata: en su gran mayoría pertenecían igualmente al "pueblo elegido", lo mismo si se trataba de representantes en el Parlamento que de los secretarios en las asociaciones sindicalistas, presidentes de las organizaciones del Partido o agitadores populares. Era siempre el mismo siniestro cuadro y jamás olvidaré los nombres: Austerlitz, David, Adler, Ellenbogen, etc.
Claramente veía ahora que el directorio de aquel partido, a cuyos representantes combatía yo tenazmente desde meses atrás, se hallaba casi exclusivamente en manos de un elemento extranjero, y al fin confirmé definitivamente que el judío no era un alemán. Ahora sí que conocía íntimamente a los pervertidores de nuestro pueblo.
Un año de permanencia en Viena me había bastado para llevarme también al convencimiento de que ningún obrero, por empecinado que fuera, dejaba de ser persuadido ante conocimientos mejores y ante una explicación más clara. En el transcurso del tiempo, me había convertido en un conocedor de sus reacciones, y yo mismo podía utilizarla ahora como un arma en favor de mis convicciones.
Casi siempre el éxito se inclinaba de mi lado.
Se podía salvar a la gran masa, si bien es cierto sólo a costa de enormes sacrificios de tiempo y de perseverancia.
A un judío, en cambio, jamás se le podía disuadir de su criterio.
En aquel tiempo, en mi ingenuidad de joven, creí poder evidenciar los errores de su doctrina. En el pequeño círculo en el que me desenvolvía, me esforzaba, por todos los medios a mi alcance, de convencerlos de lo pernicioso de los errores del marxismo y pensaba lograr ese objetivo; pero lo contrario es lo que siempre acontecía. Parecía que el examen cada vez más profundo de la actuación desmoralizadora de las teorías marxistas en sus aplicaciones prácticas, servía sólo para volver cada vez más firmes las decisiones de los judíos.
Cuanto más discutía con ellos, mejor aprendía su dialéctica. Partían éstos de la creencia en la estupidez de sus adversarios, y cuando eso no daba resultados, se hacían pasar ellos mismos por estúpidos. Si fallaban ambos recursos, rehusaban entender lo que se les decía y, de repente, cambiaban de tema, saliendo con argumentos que, una vez aceptados, trataban de aplicar a casos completamente diferentes. Entonces, cuando de nuevo eran alcanzados en el propio terreno, que les era familiar, fingían debilidad y alegaban no tener suficientes conocimientos sobre el particular.
Por donde quiera que se golpease a estos apóstoles, ellos se escabullían como anguilas en manos de los adversarios; cuando alguna vez se lograba reducir a uno de ellos, porque, observado por los presentes, no le había ya quedado otro recurso que asentir, grande debía ser la sorpresa que al día siguiente se experimentaba al constatar que ese mismo judío no recordaba ni lo más mínimo de lo acontecido la víspera y seguía repitiendo los dislates de siempre, como si nada, absolutamente nada, hubiera acontecido. Se fingía encolerizado, sorprendido y, sobre todo, desmemoriado por completo, excepto que el debate había terminado por evidenciar la verdad de sus afirmaciones.
Muchas veces quedé atónito.
No sabía qué era lo que debía sorprenderme más: la locuacidad del judío, o su arte de mistificar.
Gradualmente comencé a odiarlos.
Todo eso tenía, sin embargo, un lado bueno. En los círculos en que los adeptos, o por lo menos los propagandistas de la Socialdemocracia caían bajo mi vista, se incrementaba mi amor por mi propio pueblo.
¿Quién podría honestamente anatematizar a las infelices víctimas de esos corruptores del pueblo, después de haber conocido sus diabólicas habilidades?
¡Cuán difícil era, incluso para mí mismo, dominar la dialéctica de mentiras de esos personajes!
¡Qué difícil era cualquier éxito en las discusiones con hombres que invierten todas las verdades, que niegan descaradamente el argumento recién esgrimido para, en el minuto siguiente, reivindicarlo para sí!
Cuanto más profundizaba en el conocimiento de la psicología de los judíos, más me veía en la obligación de perdonar a los trabajadores.
A mis ojos, la mayor culpa no debe recaer sobre los obreros sino sobre todos aquellos que piensan no valer la pena compadecerse de su suerte, ni con estricta justicia dar a los hijos del pueblo lo que se les debe, pero sí apoyar a los que los descarrían y corrompen.
Llevado por las lecciones diarias de la experiencia, comencé a investigarlos orígenes de la doctrina marxista. En casos concretos, su actuación me parecía clara.
Diariamente, observaba sus progresos, y, con un poco de imaginación, podía valorar sus consecuencias. La única cuestión a examinar era saber si sus fundadores tenían presente en su espíritu todos los resultados de su invención, o si ellos mismos eran víctimas del error.
Las dos hipótesis me parecían posibles.
En todo caso, era deber de un ser racional colocarse al frente de la reacción contra ese depravado Movimiento, para evitar que llegase a sus consecuencias extremas; los creadores de esa epidemia colectiva deberían haber sido espíritus verdaderamente diabólicos, pues sólo un cerebro de monstruo - y no de hombre podría aceptar el proyecto de una organización de tal clase, cuyo objetivo final conduciría a la destrucción de la cultura humana y a la ruina del mundo.
La solución que se imponía, como última tabla de salvación, era la lucha con todas las armas que pudiese tener la razón y la voluntad de los hombres, incluso si la suerte del combate fuese dudosa.
Comencé a entrar en contacto con los fundadores de la doctrina, a fin de poder estudiar los principios en que se fundaba el movimiento marxista. Alcancé ese objetivo más deprisa de lo que sería licito suponer, debido a los conocimientos que poseía sobre la cuestión judía, aunque todavía no eran demasiado profundos. Esa circunstancia hizo posible una comparación práctica entre las realidades del marxismo y las reivindicaciones teóricas de la socialdemocracia, que tanto me habían ayudado a entender las estrategias verbales del pueblo judío, cuya principal preocupación es ocultar, o por lo menos disfrazar, sus pensamientos. Su objetivo real no está expuesto en las palabras, sino oculto en las entrelíneas.
Me hallaba en la época de la más honda transformación ideológica operada en mi vida: de débil cosmopolita me convertí en antijudío fanático. Una vez más - ésta fue la última- vinieron a embargarme reflexiones abrumadoras.
Estudiando la influencia del pueblo judío a través de largos períodos de la historia humana, surgió en mi mente la inquietante duda de que quizás el destino, por causas insondables, le reservaba a este pequeño pueblo el triunfo final.
¿Se le adjudicará acaso la Tierra como premio a ese pueblo que eternamente vive sólo para esta Tierra?
¿Es que nosotros poseemos realmente el derecho de luchar por nuestra propia conservación, o es que también esto tiene sólo un fundamento subjetivo?.
El Destino mismo se encargó de darme la respuesta al engolfarme en la penetración de la doctrina marxista, pudiendo de este modo estudiar profundamente la actuación del pueblo judío.
La doctrina judía del marxismo rechaza el principio aristocrático de la Naturaleza y coloca, en lugar del privilegio eterno de la fuerza y del vigor del individuo, a la masa numérica y su peso muerto; niega así en el hombre el mérito individual, e impugna la importancia del Nacionalismo y de la Raza, ocultándole con esto a la Humanidad la base de su existencia y de su cultura. Esa doctrina, como fundamento del Universo, conduciría fatalmente al fin de todo orden natural concebible. Y así como la aplicación de una ley semejante en la mecánica del organismo más grande que conocemos (la Tierra) provocaría sólo el caos, también significaría la desaparición de sus habitantes.
Si el judío, con la ayuda de su credo socialdemócrata, o bien, del marxismo, llegase a conquistar las naciones del mundo, su triunfo seria entonces la corona fúnebre y la muerte de la Humanidad. Nuestro planeta volvería a rotar desierto en el cosmos, como hace millones de años.
La Naturaleza eterna inexorablemente venga la transgresión de sus preceptos.
Por eso creo ahora que, al defenderme del judío, lucho por la obra del Supremo Creador.




fragmento



Conoce




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