God Of War Libro, Capitulo 2 y 3(Solo texto)
God of war
Matthew Stover & Robert E. Vardeman.
Traduxión y correxión del 80% de las faltas orror tografikas
Jonnathan Polo (io)

CAPÍTULO 2
?Zeus, mi señor... ?Atenea levantó la vista y miró al gran Padre Celestial sentado en su trono de alabastro. El rey de los dioses estaba repantigado en su enorme y regio sitial, cómodo con el poder que ostentaba desde su alto trono?. Zeus, mi querido padre ?rectificó. Prefirió recordarle sutilmente que era su favorita?. Poco importa lo que Ares piense de mí. Pero atacar deliberadamente a mi humano favorito... Tú mismo prohibiste ese tipo de comportamiento en Troya.
?Y Ares no se tomó mi edicto muy en serio ni siquiera entonces. Y que yo recuerde, tú tampoco.
No era tan fácil desviar la atención de Atenea.
?¿Vas a permitir que el dios de la Matanza desafíe tu voluntad?
?¿Mi voluntad? ?La risa de Zeus resonó por el salón de audiencias y por todo el monte Olimpo?. Creo que le has cogido mucho cariño a ese humano tuyo. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Kratos. ¿Puede ser que estés... desarrollando una cierta compasión por él? ¿Por un mortal?
Atenea no iba a caer tan fácilmente en la trampa.
?Escucho las súplicas de mis adoradores. Kratos sólo es uno más.
?Pero te importa más que los demás. Te lo noto en la mirada.
?Me... entretiene. Nada más.
?Yo también he disfrutado con sus hazañas. Sobre todo cuando aún era la herramienta de Ares. ¿Conquistar toda Grecia? Sus hazañas eran legendarias. Pero luego tuvo que estropearlo todo con esa historia de tu templo en aquella aldea...
?No hay por qué hacer hincapié en aquel crimen en particular, ¿no crees, padre?
Zeus acarició su larga barba de nubes trenzadas.
?Me planteé detener a Kratos personalmente en más de una ocasión, pero... ?Su voz atronadora se apagó cuando miró al vacío contemplativamente?. Nunca encontré el momento.
?No es él a quien hay que detener, padre, y lo sabes.
Como hija favorita de Zeus, Atenea se atrevía a hablar con una falta de respeto que a cualquier otro dios podría haberle costado el exilio del Olimpo y una caída hasta la Tierra, donde tendría que esquivar rayos durante un siglo o dos. Pero aun tratándose de su favorita, la tolerancia del Padre Celestial tenía un límite.
Zeus frunció ligeramente el ceño y las nubes de su barba y de su pelo se tiñeron de un gris violáceo. Sobre el Olimpo sonó un trueno lejano.
?No te atrevas a sermonear a tus mayores, hija.
Atenea ni siquiera pestañeó al oír aquel comentario.
?¿Aplastarías a un títere sólo porque su baile te ofende?
?Depende del títere. ?El Padre Celestial esbozó una sonrisa y Atenea comprendió que el peligro había pasado?. Y, claro está, del titiritero.
?¿Acaso Kratos no te ha ofrecido una diversión placentera bajo mi control? ?Atenea ya se encontraba en un terreno más seguro. El aburrimiento era un mal más temido por los dioses que la peste por los mortales de la Tierra?. ¿Acaso sus combates ya no te entretienen?
?No, es maravilloso, hija. De verdad.
?Entonces, padre, ¿por qué permites que mi hermano Ares lo atormente así? Ares está intentando matarlo.
?Sí, sí ?respondió Zeus?. Pero de momento no lo ha logrado, ¿verdad? Kratos ha resultado... agradablemente duradero.
?Las Espadas del Caos le conceden un poder aún mayor que el de sus dones naturales. Pero aun así, ¿te parece bien que tu propio hijo intente destruir a tu mortal favorito?
?¿Mi favorito? ?Zeus volvió a acariciarse la barba de nubarrones mientras reflexionaba?. Sí, supongo que sí. A decir verdad, Kratos puede serme útil. En mi nombre, envíalo a una misión a Creta para ocuparse de esa situación tan desagradable. Es el mejor para arreglar lo que se ha torcido. Sí, Kratos puede serme útil inmediatamente. Tranquila, Atenea, hablaré con el señor de las Batallas la próxima vez que se presente ante mí y lo conminaré a cesar su persecución. ¿Satisfará eso a mi querida hija?
Atenea inclinó la cabeza recatadamente para ocultar que estaba esbozando una sonrisa.
?No puedo pedirte más, padre. Estoy segura de que Ares no se arriesgará a contrariarte.
?¿Y tú? ?Zeus se irguió en el trono y se llevó ambas manos a las rodillas al inclinarse hacia ella?. Me estás ocultando algo, mi astuta diosecilla. Alguno de tus planes progresa satisfactoriamente. Conozco esa mirada: es la misma que cuando me hiciste acceder a la destrucción de Troya si no protegían tu estatua... y luego me jugaste aquella mala pasada con Odiseo y Diomedes. ?El rey de los dioses soltó un suspiro lleno de melancolía?. Me encantaba Troya. Algunos de mis hijos, tus hermanos semidioses, murieron intentando defender la ciudad. No volverás a engañarme, hija.
?¿Engañarte, mi señor? ¿Cómo podría desearlo siquiera? ?«¿Por qué iba a necesitarlo? Me basta con la verdad»?. ¿Acaso no soy la diosa de la Justicia y de la Sabiduría? Es justicia lo que busco ante tu trono, querido padre. Kratos ha sufrido mucho a manos de mi hermano.
?Justicia ?murmuró Zeus?. La justicia es una cadena inventada por los débiles...
?... para encadenar a los fuertes ?concluyó Atenea?. No es la primera vez que te oigo decirlo. ?«Mil veces lo he oído», pensó, pero se guardó ese comentario irrespetuoso?. No es Kratos quien la pide. No ha pedido ayuda a los dioses desde el día que le suplicó a Ares que lo salvase de la horda bárbara. Soy yo quien la pide, padre. En cualquier momento puede llegarle la hora ?dijo, y abrió la mano en dirección a la fuente dorada que manaba junto al trono de Zeus?. Mira.
En el agua que borboteaba en la fuente se formó una imagen del Egeo, revuelto por la tormenta, lleno de los restos de innumerables barcos naufragados. En el centro de la imagen saltaban llamas y rayos del acero, pues Kratos estaba usando las Espadas del Caos como rezones para clavarlas en el enorme cuello serpentino por el que ascendía incansable para poder llegar hasta la cabeza.
?¿Ésa es la hidra? ?preguntó Zeus frunciendo el ceño, perplejo?. ¿No estranguló Hércules a esa bestia hace años? ¿Siempre ha sido tan grande?
?Ésta es una nueva hidra, recién nacida, mi señor. Esta hidra es hija de Tifón y Equidna..., titanes a los que tú mismo derrotaste y encerraste en el interior de la Tierra, a una profundidad fuera del alcance de Tártaro. Son los antepasados de cada perversión de la naturaleza con la que mi hermano castiga a Kratos.
El ceño fruncido de Zeus se oscureció y se convirtió en una mueca de desagrado.
?Azuzar a esa criatura contra Kratos sin mi permiso huele a premeditación por parte de tu hermano, pero poco puedo hacer para ayudar a Kratos. El mar es el reino de mi hermano Poseidón. Matar a la criatura con uno de mis rayos sería un insulto a su soberanía. Y la dignidad de Poseidón se hiere muy fácilmente, como seguramente recordarás.
?Sí, padre, puedes estar seguro. Pero no te pido ayuda en esta situación en particular. Kratos puede ocuparse de esa criatura sin tu ayuda.
Zeus alegró el semblante.
?Mucha fe tienes en su fortaleza.
?Mi señor, creo que es prácticamente indestructible, pero tengo planes para él, planes que no puede llevar a cabo si tiene que enfrentarse constantemente a las legiones de monstruos de mi hermano. Sólo te pido que impidas futuros ataques de Ares.
Zeus se incorporó en el trono y se envolvió con el manto radiante de la realeza. Se volvió hacia la fuente.
?¿Dónde está Ares en estos momentos?
El arco iris en la niebla giró para mostrar a Ares recorriendo a zancadas una tierra desértica cual volcán vuelto a la vida. Su pelo y su barba ardían con llamas eternas, y su armadura negra oscurecía el sol. A cada paso aplastaba a numerosos hombres bajo sus sandalias llenas de sangre igual que un mortal aplastaría hormigas.
?¿Dónde está? ?preguntó Zeus?. ¿Qué hace en ese desierto egipcio?
?Sembrar el miedo y la destrucción.
?No me cabe duda ?asintió Zeus, y se rió con aprobación?. Es una pena interrumpir su diversión. ?El rey del Olimpo levantó su poderoso puño y respiró hondo, tanto que alteró el sistema de tempestades por todo el Mediterráneo, y pronunció una sola palabra?: Ares.
La imagen del dios de la Guerra se movió de forma ostensible y lanzó una mirada siniestra por encima del hombro sin responder. Volvió a aplastar humanos deliberadamente.
?¿Cómo se atreve a ignorarme? ?Zeus espiró de nuevo, y esta vez se formó hielo a su alrededor y las nubes descargaron aguanieve sobre la tierra?. Hijo mío, requiero tu presencia en el Olimpo. ?El dios de la Guerra volvió a moverse, pero agachó la cabeza hoscamente, como si no pudiese oírlo?. Debes poner fin al ataque de la hidra inmediatamente. Necesito al mortal Kratos. ¿Ares? No toleraré que me ignores cuando te doy órdenes.
Zeus frunció el ceño y las nubes de su barba y su melena se oscurecieron como en una tormenta de invierno. Atenea se hizo a un lado. Había previsto aquel momento con tanta seguridad como un oráculo hubiese adivinado el futuro oculto a sus poderes divinos, y no quería estar en medio.
Zeus levantó la mano y en su palma se formó una pequeña lanza de energía centelleante. Con un movimiento, como si estuviese espantando una mosca, soltó el rayo, que pasó ardiente junto a Atenea y se perdió brillando en el cielo. Un segundo después, un rayo restalló en el desierto de la imagen, tan cerca de Ares que el dios retrocedió ante la explosión de roca y arena fundida.
El dios de la Guerra miró hacia el cielo, con el gesto torcido con amargo resentimiento; Atenea sintió la ira del dios desde aquella tierra devastada.
?¿Por qué me molesta mi padre mientras estoy haciendo mi trabajo?
?Nadie te ha autorizado a preguntar ?atronó el rey de los dioses?. Estás obligado a obedecer. Ven al Olimpo y arrodíllate ante mi trono para pedirme perdón.
?No lo haré mientras esa cerda traicionera, mentirosa y frígida a la que llamas mi hermana siga allí. Su hedor a corrupción repele a cualquier dios honrado.
Zeus se levantó. Alrededor de su frente jugueteaban los rayos.
?¿Osas desafiarme?
?Tu rayo me ha cogido desprevenido. No volverás a asustarme tan fácilmente. ?Ares colocó sus poderosos puños sobre las caderas. Hasta el menor de sus movimientos hacía que sus armas retumbasen con el fragor de la batalla?. Te invito a que abandones ese cómodo trono de tu palacio con olor a miel y que salgas al mundo para atraparme.
?Cuidado, Ares. Mi rayo puede alcanzarte a ti también.
Ares sacudió su pelo de llamas desdeñosamente.
?¿Crees que vas a asustarme con luces y ruidos? ¿A mí? ¿Al dios de la Guerra? ¿Acaso soy una virgen fría y cobarde que suplica ante tu trono, mentirosa y traicionera? Soy Ares. ¡Si estás pensando en declararme la guerra, padre, recuerda que la guerra es mi reino!
?¿Lo ves? ?dijo Atenea en voz baja?. Es tal como te decía. Su locura crece a cada día que pasa. Si se atreve a desafiar tus órdenes, ¿habrá algo a lo que no se atreva? Padre, podría ser necesario...
?No ?replicó Zeus con gravedad?. No, Ares no es tan inconsciente como para desafiarme.
Atenea se dio cuenta de que el Padre Celestial decía una cosa y pensaba otra. Lograr que Zeus pusiese a Kratos bajo su protección, aunque fuese por poco tiempo, le había supuesto una gran oportunidad.
?¿No es la muerte el castigo por desafiar tus órdenes?
?Ordené que los dioses no se declarasen la guerra entre sí. Ningún dios puede matar a otro dios. Esa ley es definitiva, e incluso yo debo someterme a ella. Mis hermanos y yo destruimos a los Titanes porque luchaban constantemente entre sí; su amargura por disputas antiguas y nunca olvidadas los dividió hasta que fue demasiado tarde. Los Olímpicos no correrán la suerte de los Titanes. Si hay que... destruir a Ares, no seré yo quien lo haga. Ni tú, Atenea.
La diosa agachó la cabeza de nuevo para ocultar que estaba esbozando otra sonrisa.
?Como ordene mi padre. No ansío derramar la sangre de mi hermano.
?No creo que él dijese lo mismo de ti.
Atenea abrió las manos en un gesto de impotencia.
?Se resiste a aceptar que Kratos y todos los ejércitos de la humanidad estén ahora a mis órdenes, mientras que entre sus legiones sólo se cuentan los muertos vivientes y la siniestra progenie de Tifón y Equidna. Pero no lo engañé, ni siquiera lo traté injustamente. Tú estabas allí, padre. Viste la competición y fuiste testigo de que Ares accedió libremente a mi trato.
?Sí. Y fue entonces cuando vi el mismo brillo en tu mirada que veo ahora. No pensó en las consecuencias de tu trato, y sabías de sobra que con el tiempo se arrepentiría de haberlo aceptado.
?Mi hermano es impulsivo y testarudo. ¿Tengo yo la culpa de que su avidez de sangre afecte a su razón? Aunque le hubiese ofrecido mi don de la adivinación, ¿crees que lo habría aceptado?
Zeus negó con la cabeza y sonrió cariñosamente a pesar de la importancia del tema de conversación.
?Ni siquiera el rey del Olimpo puede vencer en una discusión a la diosa de las estratagemas. ¿Qué propones?
?Aunque no podamos matarlo ?sugirió Atenea cautelosamente?, sí podemos humillarlo.
?Podría justificarse una lección de humildad, ya que no podemos permitir que haga caso omiso a mis órdenes con tanta arrogancia ?murmuró Zeus, pensativo?. ¿Cómo piensas dársela?
?No soy yo la maestra que necesita Ares ?respondió Atenea, diciendo la pura verdad?. Si mi padre hablase con su hermano Poseidón y le pidiese al rey de los mares que me recibiese y me escuchase, la lección se daría sola.
?¿No me digas? ?Los rayos volvieron a brillar en la frente de Zeus, y entornó los ojos con desconfianza?. Esto también lo tenías planeado, ¿verdad? Parece una estratagema demasiado intrincada para tan exigua recompensa.
?Nunca ha sido mi objetivo avergonzar a mi hermano ?dijo Atenea.
Aquélla también era una verdad absoluta e inequívoca. El plan de Atenea nunca había sido avergonzar a su hermano. Desde el incidente con Kratos en su templo de la aldea, había comprendido una verdad que el resto de los Olímpicos sólo habían alcanzado a entrever: Ares era algo más que testarudo y desobediente, brutalmente ambicioso y ávido de sangre.
El dios de la Guerra estaba loco.
Del Olimpo bajó la diosa de la Sabiduría y de la Guerra. A cada paso que daba, cantaban los pájaros. Pronto, el dulce canto de las aves se convirtió en el fragor del agua batiendo la costa rocosa. La espuma salada le cubrió la cara y el pelo como si fuese una constelación de brillantes estrellas. Su armadura de bronce relució bajo el deslumbrante sol tropical.
Cuando por fin se detuvo, permaneció de pie en una costa que se extendía a ambos lados y se perdía en la lejanía, mucho más allá de lo que era capaz de alcanzar a ver un dios. El mar interminable que tenía ante ella se extendía hasta el lejano horizonte.
?Oh, poderoso señor de las Profundidades, la diosa de la Guerra quiere hablar contigo. Presta atención a la solicitud de mi padre y escucha mis palabras.
Atenea esperó. ¿Se trataba de un insulto deliberado? ¿Estaría aún enfadado Poseidón por la destrucción de Troya? ¿O acaso sería el fruto de algún rencor anterior? Nunca se había llevado especialmente bien con el señor de los Mares, y menos desde la disputa por el nombre de lo que ahora era Atenas.
Quizá debería haberle llevado un regalo.
Por fin, el mar comenzó a bullir en el horizonte lejano. La espuma avanzó rápidamente hacia la orilla, donde se encontraba Atenea, y un segundo después surgió una tromba de agua que unió el mar con el cielo infinito. Situado en el interior de la inmensa columna de agua estaba Poseidón, con los musculosos brazos cruzados sobre el pecho. Tenía la corona incrustada de percebes, y de su tridente goteaban sangre y entrañas.
?El Olimpo te manda saludos, mi señor Poseidón ?dijo la diosa con una profunda reverencia.
?No puedo perder el tiempo contigo, Atenea. ?El señor de los Mares gesticuló de manera cortante con el tridente?. Hay asuntos que requieren mi atención mucho más allá de las Columnas de Hércules.
Atenea asintió con la cabeza comprensivamente.
?¿La Atlántida de nuevo?
?Esa gente no deja de dar problemas ?murmuró Poseidón.
?Tu paciencia con ellos es admirable.
?Quizá, pero la irritación es una cuchilla que va mermando mi paciencia peligrosamente. Mi hermano me ha rogado que escuche tu petición. Te escucharé por respeto a Zeus. ?El dios marino se inclinó hacia ella?. Sé breve.
Atenea levantó una mano abierta.
?Que no haya mala sangre entre nosotros, tío. El tiempo debería restarle importancia a nuestra disputa, ¿no crees? Fue algo tan irrelevante que sus heridas no tienen por qué seguir quemando.
Poseidón se hizo aún más grande y la apuntó con el tridente.
?¡Esa ciudad debería ser mía! Golpeé la roca sobre la que se encuentra la Acrópolis y...
?Y manó agua, pero salada ?lo interrumpió Atenea comprensivamente?. ¿Tengo yo la culpa de que los habitantes de la ciudad prefiriesen mi olivo a tu manantial salobre?
?Atenas es un nombre horrible para una ciudad ?respondió el dios marino con resentimiento.
?Poseidía sería más melodioso ?reconoció ella?. Si mi querido tío se apaciguase con algo de mayor importancia, me gustaría recordarle que los atenienses, gracias a la generosa protección de mi señor tío, son los mejores marineros del todo el mundo conocido. Su fuerza reside en su armada, y honran al señor de los Mares a diario.
?Bueno... ?dijo Poseidón con un gruñido mientras las olas golpeaban un acantilado desprotegido?. Supongo que tienes razón. Dejemos atrás nuestros desacuerdos, sobrina. ¿Qué asunto te trae hoy a mi orilla interminable?
?Mi señor tío, vengo a disculparme por el enorme insulto de mi hermano a tu soberanía.
?¿Cómo? ?Poseidón frunció su ceño de espuma y el suelo bajo los pies de Atenea tembló en señal de advertencia?. ¿Qué hermano?
?Ares, claro. ¿Qué otro dios osaría desafiar tu ira?
?¿Aparte de ti?
?Ya sé que últimamente has estado muy preocupado por la Atlántida. Si no, no veo por qué ibas a permitir que los monstruos de Ares poblasen tus mares sin control.
?¿Que pueblan mis...? ?Miró a lo lejos, y lo que vio su deífica mirada le hizo proferir un grito ahogado, como el de una ballena?. ¿Una hidra? ¡En mi Cementerio Marino! ¡Qué insolencia! No dejo de repetirle a Zeus que es demasiado indulgente con sus hijos. ¡Ares debería haber pasado toda una era terrestre junto a Sísifo! Yo no soy tan comprensivo como mi hermano. ¡Voy a aplastarlo! ¿Dónde está? ¿Dónde?
?Lejos de tu reino, mi señor tío. A salvo en un desierto lejano.
Poseidón rugió, levantó un puño y el mundo entero tembló.
?¡Si me llaman Hacedor de Terremotos es por algo!
?¡Mi señor tío, te lo ruego! ?gritó Atenea?. ¡Que tu ira no caiga directamente sobre él! No hay vergüenza alguna en que te venza el gran Poseidón, rey de las dos terceras partes de todo lo que existe. Ningún dios menor puede derrotar a ninguno de los reyes hermanos. Si de verdad quieres castigar a Ares, debes ofenderlo en su orgullo.
Los temblores desaparecieron.
?Dices bien ?reconoció Poseidón?. Pero ¿cuál es el mejor modo de hacerlo?
?Demostrándoles a todos los dioses que un simple mortal puede frustrar los planes de Ares y derrotar su voluntad ?respondió Atenea con una tranquilidad muy estudiada.
?Sí, eso es ?asintió Poseidón?. Pero ¿qué mortal? ¿Hércules? ¿No está ocupado en algún lugar de Creta? Pirítoo está en el Hades, Teseo es viejo, y Perseo... ¿quién sabe en qué andará metido? No me parece de fiar.
?Hay otro ?dijo Atenea, obligándose a no demostrar ningún atisbo de emoción?. ¿Mi señor tío ha oído hablar de un mortal al que los hombres llaman el Fantasma de Esparta? Se llama Kratos.
El gran Poseidón se inclinó hacia ella, interesado.
?¿El Puño de Ares?
?Ya no es el Puño de Ares. Ahora el Fantasma de Esparta me sirve a mí. ¿No asististe al desafío de los dioses de la Guerra?
Asintió con la cabeza lentamente, haciendo memoria.
?Sí, sí, claro. Se me había olvidado. El destino de los ejércitos terrestres significa poco para el mar.
?Kratos había renunciado a servir a Ares antes de que yo lo ganase para mí en el desafío, junto al resto de los ejércitos humanos.
?Ah, sí, ya me acuerdo. Ahora que lo dices... Tuvo algo que ver con aquel templo tuyo de una aldea que saqueó Kratos, ¿no?
?Sí, tío. Y para Kratos fue un horror inimaginable. A día de hoy aún lo atormenta.
?Entonces, ¿Kratos es el mortal que tienes en mente?
?Tu perspicacia es legendaria, y con razón, mi señor tío. Ares odia a Kratos con tal pasión que ni los dioses alcanzan a comprenderla, y un lejano sueño de venganza contra el dios de la Matanza es lo único que hace que Kratos siga luchando. Para Ares, la mayor vergüenza sería que Kratos frustrase sus planes.
?¿Cómo puede un simple mortal aspirar a derrotar a las legiones de Ares?
?Loadas sean las Parcas ?dijo Atenea mientras una chispa destellaba en sus ojos grises?. Tengo una idea...

CAPÍTULO 3
Durante horas, Kratos se abrió paso luchando por el Cementerio Marino.
Las Espadas del Caos refulgían constantemente, se elevaban y caían, golpeaban cual azote hasta el límite de sus cadenas indestructibles, cortaban la carne podrida y los huesos amarillentos y quebradizos de los legionarios muertos vivientes, destrozaban las escamas de las cabezas de la hidra, perforaban ojos, cercenaban lenguas y desgarraban cuellos. Cortaban y troceaban, se clavaban y agujereaban sin dejar de arder en todo momento con una llama sobrenatural, como si el fuego infernal de la forja del Hades chisporrotease en sus filos para abrasar toda vida que tocasen.
A Kratos lo animaba el mismo fuego. Cada fracción de vida de cualquiera de las criaturas en las que se clavaban las espadas fluía por las cadenas hasta donde éstas se fundían con los huesos de sus muñecas. Las vidas robadas daban nuevas fuerzas a su cuerpo y le llenaban la cabeza de una furia inagotable. Cuando no estaba matando, era porque estaba corriendo hacia algún lugar donde había más víctimas. No se detenía.
Ni siquiera aminoraba la velocidad.
Las espadas no podían romperse; no podían mellarse ni perder el filo. Hasta la sangre negra y la carne putrefacta, que deberían haber formado una costra en las espadas y en las cadenas, se desvanecían, consumidas por el fuego sobrenatural. Kratos iba de barco en barco, avanzando sobre vigas flotantes en el mar agitado por el frenesí de los tiburones, que se disputaban los trozos de sus víctimas. Los barcos se desdibujaban y se fundían en un laberinto interminable de cubiertas y mástiles, de velas y redes de estiba, y la omnipresente corriente sin fin de muertos vivientes que atacaban con la misma sed de sangre; y más arpías que se abatían sobre él y lo amenazaban con sus garras impregnadas de mierda.
Ya no sabía si estaba acercándose al buque mercante al que había seguido hasta aquel infierno marino o si estaba alejándose de él. Le daba igual. No pensaba en ello ni en ninguna otra cosa. Se entregaba a su trabajo con el alegre frenesí de una bacante y se abstraía en la pureza de la masacre sin freno.
Mataba. Estaba satisfecho.
Siguió luchando hasta que volvió a cortarle el paso otra cabeza de la hidra. Cada una era más grande que la anterior. Cuando la enorme bestia abrió de par en par las fauces para rugir, Kratos estuvo a punto de verse arrastrado a un túnel oscuro, húmedo de saliva. Lo único que vio era la inmensa boca que se abría, el doble de ancha que su cuerpo, y los dientes afilados y amarillentos. Echó las manos a los hombros y agarró las empuñaduras de las Espadas del Caos.
La hidra avanzó con un sinuoso movimiento de su cuello, aparentemente interminable. Kratos hizo un amago, esquivó la dentellada y envolvió el grueso cuello de la criatura con las cadenas de las Espadas del Caos. Con los músculos hinchados por el esfuerzo, apretó aún más, y los eslabones se hundieron en el cuello intentando estrangular a la hidra. El monstruo rugió enfurecido y se sacudió violentamente para librarse de Kratos. Las cadenas resbalaron y las escamas de la bestia le rasparon los brazos hasta hacerlos sangrar.
Kratos le dio una patada, se volvió y usó las cadenas a modo de ayuda para trepar por el cuello. Pero su siguiente paso llegó en mal momento. Cuando volvió a sacudir la cabeza al monstruo, la fuerza de su propia patada hizo que Kratos se soltase y quedase colgando de las cadenas. La hidra lo cazó en el aire igual que un sapo cazaría a una mosca desprevenida.
Las fauces de la bestia se cerraron y sus dientes como espadas se clavaron en los antebrazos de Kratos. A cualquier otro héroe le habría amputado ambas manos, pero las cadenas fundidas a sus huesos sólo podía romperlas el dios de la Guerra. Al cerrar las fauces aún con más fuerza, el monstruo sólo consiguió romperse parte de los dientes, pero no hizo ademán de querer soltarlo.
Mientras se debatía, Kratos comprendió que aquel monstruo podía enviarlo al reino de Hades. Con el cuerpo en tensión, intentó liberar sus brazos de las fauces de la hidra, pero se detuvo y miró desesperadamente hacia abajo, a la vorágine del mar. Los tiburones se atacaban entre sí e intentaban morderle los pies a Kratos. El dolor agudo del mordisco de un tiburón a través de las grebas lo obligó a luchar en dos frentes.
Tener que decidir cuál era la amenaza más inmediata le hizo un nudo en el estómago. La muerte lo llamaba en forma de tiburones sedientos de sangre y de hidra.
Incapaz de soltar los brazos, levantó las piernas para alejarlas de los voraces escualos e intentó apoyarse para hacer palanca con ellas. El dolor le recorría los brazos, desde el punto donde los tenían atrapados las fauces de la hidra con una presión aplastante hasta los hombros. Gruñendo por el esfuerzo, tiró hacia fuera, pero eso hizo que los dientes de la hidra se le clavasen aún más profundamente en los antebrazos.
Cuando la bestia comenzó a mover la cabeza hacia los lados y lo zarandeó como una rata atrapada entre las fauces de un perro de caza, Kratos vio una oportunidad para escapar. Una patada suya podía hacer que un buque de guerra se alejase del muelle. Se dobló en dos y puso las rodillas bajo los brazos inmovilizados. Cuando sus grebas comenzaron a desgarrar la cara de la hidra, la criatura bramó de rabia y de dolor.
Kratos, llevado por la desesperación, golpeó más fuerte y más rápido. Los brazos se le estaban quedando fríos, entumecidos, sin vida. Sus dos pies golpeaban a la bestia como si fuesen puños. Por suerte, una patada acertó en el ojo de la hidra e hizo que el rugido de dolor de la criatura liberase los brazos de Kratos y lo lanzara despedido por el aire. Cuando llegó al punto más alto de su vuelo, antes de empezar a bajar, la hidra se lanzó a por él, con las fauces abiertas para atraparlo como una golosina que le hubiesen arrojado despreocupadamente.
Kratos sintió miedo y regocijo al mismo tiempo.
Mientras caía, devolvió las Espadas del Caos a su espalda con un suave movimiento. Se hizo una bola y dejó que la criatura cerrase la boca con él en su interior. Pero antes de que pudiese tragárselo, plantó los pies en la mandíbula inferior de la hidra, apoyó la espalda contra las viscosas protuberancias de su enorme paladar, y empujó.
Las fauces de la criatura empezaron a abrirse. Kratos hizo un esfuerzo tan grande como el de Hércules al levantar el cielo de los hombros de Atlas. La hidra intentó con todas sus fuerzas volver a cerrarles, pero cuando el Fantasma de Esparta hacía de puntal con un buen apoyo, ninguna fuerza en la Tierra podía aplastarlo.
Cuando hubo estirado las piernas del todo, Kratos alzó las manos por encima de los hombros para hacer palanca y siguió abriendo la boca de la hidra únicamente con la fuerza de sus poderosos brazos. La articulación de la mandíbula del monstruo crujió como si se hubiese roto el mástil de un barco, pero Kratos no cedió. El miedo había dado paso a una sensación triunfal. Con un gran empujón levantó los brazos por encima de la cabeza y el crujido se convirtió en un rugido desgarrador, húmedo y correoso, cuando la mandíbula de la hidra se rompió y su boca se partió en dos.
La hidra se estremeció y soltó un bramido atronador. Kratos se liberó de una patada y saltó hasta la cubierta del barco más cercano. El cuello interminable y la cabeza gigante que acababa de destrozar volvieron a sumergirse en las oscuras aguas del Egeo, que ahora estaban aún más revueltas, pues los voraces tiburones que acechaban habían probado ya la sangre de la hidra. La última vez que Kratos miró hacia abajo, los tiburones entraban como cuervos en la boca de la hidra y arrancaban pedazos ensangrentados de su lengua, que aún se agitaba. A ellos les importaba poco que la carne que comían fuese de un humano o de un monstruo. Voraces, arrancaban pedazos de la hidra y se los llevaban bajo la superficie turbia.
Pero ni siquiera aquella inmensa cabeza era suficiente para todos los tiburones. Cientos... ¡miles! nadaban en círculos, agitando el mar con sus colas mientras esperaban la llegada de comida.
A Kratos le hubiese hecho feliz poder proporcionársela a sus aliados involuntarios. A sus pies, la sangre teñía el agua que le corría entre las piernas. Matar a un tiburón o dos con las Espadas del Caos le proporcionaría la cantidad de vida suficiente para cerrar los cortes sangrantes. Se agarró a la borda y saltó sobre lo que quedaba de la cubierta escorada, pero cuando sacó las espadas, los tiburones se alejaron a toda prisa. Habían descubierto un festín entre los de su propia especie.
Literalmente.
Mirase adonde mirase, veía tiburones que flotaban con los ojos negros e inmóviles. Algunos empezaban a hincharse y a otros les habían reventado las entrañas; incluso los tiburones que se aglomeraban alrededor de sus congéneres muertos para devorar su carne envenenada no tardaron en flotar panza arriba.
Comerse una hidra era tan letal como que ella te devorase a ti.
Dedicó unos minutos a buscar por el casco destrozado en el que había caído un tonel, una tinaja, cualquier cosa que pudiese contener agua. Incluso un cubo vuelto hacia arriba podría haber recogido suficiente agua de lluvia para aplacar su sed acuciante, pero no encontró una sola gota, ni en la cubierta ni en la bodega inferior a la que tenía acceso. Entonces vio el tonel que había junto al timón con agua para el timonel. Kratos avanzó hacia él a grandes zancadas y metió la cabeza en el agua para beber abundantemente.
Echó la cabeza hacia atrás y escupió, con la bilis subiéndole por la garganta. El agua salobre le quemaba la boca. Volvió a escupir, y esta vez maldijo en voz alta:
?¡Que los mares se conviertan en polvo! ¡Nada podría saber peor que esto!
Pero en cuanto hubo pronunciado estas palabras, una extraña luz brilló en las profundidades invisibles de la bodega anegada en la que se encontraba. Donde antes sólo había un mamparo podrido se abría ahora un pasadizo de alabastro y perlas, el doble de alto que Kratos y más ancho que su cuerpo con los brazos extendidos. El pasadizo enmarcaba un rostro enorme, reluciente como los rayos del sol sobre el mar en calma, el rostro de un hombre con la barba de espuma de mar y el pelo trenzado de brillantes algas negras.
?¿Tan mala opinión tienes de mi reino, Kratos? ?La voz, que lo reprendía con tolerancia, atronó como un maremoto al chocar contra un acantilado lleno de cuevas?. Durante diez años has surcado mis mares sin naufragar y sin que una tormenta hiciese zozobrar tu nave. ¿Acaso no te parece una prueba de que te tengo en alta estima?
?Mi señor Poseidón ?dijo Kratos en tono respetuoso, aunque sin agachar la cabeza?. ¿En qué puedo servir al rey de los mares?
?La hidra que mancilla mi hermoso Egeo es una criatura de Ares, tu antiguo señor. Su existencia es un insulto y quiero que acabes con ella.
?Eso pensaba hacer.
?Debes saber que hasta ahora sólo has arañado la superficie de ese monstruo: sus cabezas secundarias, como las que has destruido, son numerosas. La hidra apenas nota su pérdida.
?Entonces, ¿cómo puedo matarla?
?Acabando con la cabeza principal, donde está el cerebro de la criatura. La cabeza principal tiene diez veces el tamaño de las otras, y su fuerza es casi ilimitada.
A Kratos no le importaba la fuerza que pudiese tener.
?¿Cómo puedo encontrarla?
?Yo te llevaré hasta ella. Y para ayudarte en tu tarea, te prestaré una pequeña fracción de mi propio poder.
Kratos sospechaba que el dios del Mar no se tomaría bien un rechazo.
?¿Qué clase de poder?
?Ya sabes que mi ira hace temblar la tierra, y mi furia provoca tormentas a las que ningún barco puede sobrevivir. Avanza por el pasadizo donde ves la imagen de mi cara y te concederé un poder mayor del que jamás has tenido: controlarás un fragmento de mi ira.
Fuera lo que fuese la Ira de Poseidón, no podía ser más doloroso que cuando le fundieron las Espadas del Caos a los brazos.
?De acuerdo ?dijo?. Vamos a matar a esa bestia.
Al entrar en el pasadizo lo recibió un brillo cegador y sintió que los huesos le quemaban desde dentro hacia fuera. Al salir por el otro extremo, Kratos se vio sumido en una oscuridad húmeda que olía a sudor y a orina. El lento balanceo del suelo le hizo suponer que seguía a bordo de un barco. Cuando los ojos se le acostumbraron a la oscuridad, logró adivinar las formas de lo que parecía ser una carga estibada a ambos lados. Por encima de él oyó una voz que sollozaba: la de un hombre que lloraba como un niño y suplicaba que lo liberasen.
Kratos avanzó hacia el comienzo de la pasarela en posición de combate. Oyó unos gritos procedentes de arriba y sospechó que el dios del Mar había cumplido su palabra. De un pasadizo que se abría frente a él asomaba algo de luz, y al acercarse descubrió que lo que a oscuras parecía una carga estibada era en realidad gente: gente tan enferma, famélica o sedienta que era incapaz de moverse.
Bajo aquella nueva luz, Kratos vio el brillo verdoso de los grilletes de bronce en los tobillos de aquella gente, y llegó a la conclusión de que ellos eran el cargamento.
Era un barco de esclavos.
Kratos hizo un gesto de aprobación; si había esclavos, debía de haber agua dulce por allí cerca, pues los esclavos eran demasiado valiosos para dejarlos morir de sed. Algunos lograron reaccionar lo suficiente para suplicarle clemencia al pasar. Kratos no les hizo caso. Cerca del pasadizo había un esclavo encadenado en una postura de castigo: sus muñecas estaban aherrojadas juntas y colgaban de una cadena corta fijada al techo. La longitud de la cadena permitía que los dedos de los pies rozasen la cubierta con el balanceo del barco. Gimoteó con voz quebrada:
?Por favor..., por favor, no me dejes aquí..., por favor... ?A medida que Kratos se acercaba a él, sus sollozos se convirtieron en gritos?. ¡Por todos los dioses, te lo suplico! ¡Por favor!
Kratos se detuvo a su lado.
?Si te ayudo, ¿te callarás?
?Oh, bendito seas. Que todos los dioses te bendigan por ser tan bueno... ?La voz del esclavo se apagó cuando por fin logró centrar la mirada en su supuesto salvador?. ¡Tú! ?Su exclamación sonó ahogada por el asombro?. ¡El Fantasma de Esparta! ¡Sé quién eres! ¡Sé lo que hiciste! ¡Prefiero morir aquí a que seas tú quien me salve!
Kratos sacó una de las Espadas del Caos y, con un movimiento de muñeca, decapitó al esclavo.
?Deseo concedido.
El esclavo estaba ya tan cerca de la muerte que la espada sólo canalizó una mísera chispa de vida a través de las cadenas. Kratos contempló la bodega llena de esclavos y sopesó la posibilidad de ganar más fuerza masacrándolos a todos, pero estaban tan enfermos que le habría costado más matarlos de lo que le hubiesen aportado sus vidas.
Kratos siguió avanzando. Más allá de la bodega con los esclavos empezaba una ancha escalerilla con puertas a los lados. Los gritos procedentes de la cubierta superior habían disminuido, y un coro de rugidos atronadores que hacían temblar el barco lo alertaron de que la hidra había sacado más de una cabeza del agua. Quienquiera que estuviese luchando contra ellas parecía que iba perdiendo. Kratos miró a su alrededor en busca de alguien más a quien matar; necesitaba toda la energía que pudiese conseguir.
Las dos puertas que había hacia el final de la escalerilla eran diferentes de las demás. Estaban hechas de una madera muy gruesa y ribeteadas de hierro negro, y parecían tan sólidas que hasta a Kratos le hubiese costado derribarlas. Mientras lo pensaba, las cadenas de las espadas comenzaron a calentarse y a saltar chispas con unos agradables pinchazos. Sacó una espada y apuntó con ella hacia la puerta que tenía delante. Un brillante chorro de energía golpeó la puerta y la espada no llegó a tocar la madera. La energía parpadeó alrededor de una ranura profunda en una de las tablas: una cerradura. Una cerradura mágica.
Kratos hizo un gesto de aprobación. Se trataba de dos puertas que no sólo eran sólidas como una fortaleza, sino que estaban selladas con ribetes mágicos, tenían cerraduras místicas y quién sabe qué más. ¿Qué clase de «tesoros» podía guardar el capitán de un barco de esclavos en una cámara como aquélla? Tras ella podía esconderse algo más que oro. Fuera lo que fuese, podría resultarle útil.
La cubierta principal parecía un matadero donde aún estuviesen llevando a cabo una matanza. Mirase a donde mirase, Kratos veía marineros luchando contra legionarios muertos vivientes o intentando rechazar las cabezas de la hidra con largas lanzas. Toda la tablazón de la cubierta estaba resbaladiza de sangre o alfombrada de carne putrefacta de los muertos vivientes, o ambas cosas. Aquel hediondo matadero donde reinaban los gritos, el pánico y la desesperación lo devolvió a otros tiempos de incursiones en las que lideraba a sus compañeros espartanos, a la época pretérita en la que aún no estaba al servicio de Ares.
Claro que entonces no había tantos soldados muertos vivientes. Y la hidra no era más que una fábula que se contaba a los niños espartanos antes de dormir, porque aunque Hércules había nacido en Tebas por casualidad, también se había convertido en héroe de Esparta al devolverle el trono a Tíndaro, su legítimo rey.
Kratos salió a la cubierta con las Espadas del Caos preparadas. No prestó atención a los muertos vivientes; los marineros se encargarían de ellos o los distraerían lo suficiente para mantenerlos ocupados. Kratos sólo tenía ojos para las tres cabezas de la hidra que atacaban el barco al unísono.
Las cabezas pequeñas a los lados eran el doble de grandes que las otras a las que se había enfrentado, y aun así parecían pequeñas frente a la inconcebible majestuosidad de la cabeza principal. En el extremo de un cuello sinuoso más alto que el palo mayor del barco, la cabeza principal era lo bastante grande para tragarse el barco entero de un solo bocado, y en sus ojos brillaba una luz interior de un color amarillo desvaído. Las cabezas secundarias serpenteaban y atacaban como víboras y mantenían a raya a los marineros armados con lanzas.
?Eh... ¿Eres un dios? ?dijo una voz a su espalda?. Pareces un dios. Nos vendría bien un dios.
Kratos se dio la vuelta. Agazapado tras la rueda donde estaba enrollada la cadena del ancla, un marinero lo miró con su único ojo; el otro no era más que una cuenca vacía partida en dos por una cicatriz que recordaba a la que cruzaba la ceja de Kratos. El ojo que le quedaba al marinero se movía nerviosamente, incapaz de decidir adónde mirar.
?Tu capitán ?dijo Kratos?. ¿Dónde está?
?¿Qué quieres de él?
?Que se rinda. ?Kratos miró desdeñosamente la carnicería que estaba teniendo lugar en la cubierta?. Ahora este barco es mío. ¿Cómo se llama?
?El Lamento de los dioses ?respondió el otro?. ¿Crees que puedes apropiarte de él?
?Ya lo he hecho ?dijo Kratos?. Se llamará Venganza, y es mío.
?Que los dioses te sonrían..., si no te condenan por tu orgullo desmedido.
Kratos entrecerró los ojos para mirar al marinero. ¿Estaba loco aquel hombre? ¿Quién podía atreverse a cuestionar al Fantasma de Esparta a la cara? Entonces cogió la túnica sucia del marinero y el pellejo vacío con manchas moradas tirado sobre la cubierta junto a él y comprendió que el hombre estaba demasiado borracho para poder saber quien era.
?Tu capitán ?repitió Kratos?. No volveré a preguntártelo.
El marinero borracho levantó una mano temblorosa.
?Allí. Junto al mástil. El tipo que lleva la llave grande al cuello. ¿Lo ves?
?¿El que está de rodillas?
?Sí, de rodillas. Ése es.
Kratos hizo una mueca de desprecio.
?¿Está suplicando misericordia?
?Reeeezando ?lo corrigió el marinero?. Está rezando a Poseidón... para que salve el barco de la hidra.
?Pues su plegaria ha obtenido respuesta.
El marinero lo miró con su único ojo bien abierto.
?¿Vas a salvarnos?
?No, voy a salvar el barco.
Mientras Kratos volvía al combate, la enorme cabeza principal se abatió sobre la base del palo mayor y se cerró sobre el capitán, que seguía de rodillas. En un segundo, la hidra se tragó vivo al capitán y su llave desapareció con él. La enorme cabeza se alzó y la criatura lanzó un rugido triunfal que hizo jirones las velas del barco.
Kratos no se dejó desanimar. Con una garganta tan larga, a la hidra podía llevarle mucho tiempo tragárselo.
Las tres cabezas estaban demasiado juntas para enfrentarse a ellas por separado. Si iba directo a por la cabeza principal, tendría que defenderse de los ataques de las dos cabezas secundarias. Si iba a por cualquiera de las cabezas secundarias, expondría la espalda o el costado a las titánicas fauces de la cabeza principal. Si no podía enfrentarse a ellas por separado, las mataría a todas juntas.
Echó a correr por la cubierta como si hubiese salido disparado de una ballesta.
La cabeza más cercana se abalanzó sobre él como si quisiera barrerlo de la cubierta. Kratos saltó por encima del cuello del monstruo y con una de las espadas le hizo un corte que llegó hasta el hueso y se clavó en el lugar donde se unían el cráneo y uno de los cuernos; la cadena se tensó como una sirga y tiró de él hasta hacerlo girar. Kratos dejó que la cadena se enrollase en torno al cuello de la bestia y él se quedó de pie sobre la cabeza. Rápida como el rayo, la otra espada saltó a su mano y juntas se clavaron en los ojos. Varios cortes precisos tiñeron la espada de una masa gelatinosa de humor vítreo e hicieron que la cabeza comenzase a dar bandazos, ciega.
Una sombra lo llenó todo de una oscuridad impenetrable. La cabeza principal había salido disparada hacia abajo como un halcón del tamaño de una casa. Kratos se quedó allí esperando, sin hacer nada. Las enormes fauces de la cabeza principal estaban tan abiertas que no hubiesen podido arrancarlo de la cabeza secundaria con precisión, sobre todo porque ésta seguía dando bandazos cada vez más rápidamente en un intento de quitarse a Kratos de encima, de modo que la cabeza principal hizo exactamente lo que Kratos sospechaba que haría.
Sus inmensas fauces se cerraron alrededor de la cabeza secundaria, y unos dientes del tamaño del espolón de un buque de guerra se clavaron en las duras escamas del cuello, intentando arrancar la cabeza secundaria, Kratos incluido, para tragársela.
Pero Kratos sabía lo dura que era la piel escamosa de la hidra. Tenía tiempo de sobra para deslizarse entre los enormes dientes mientras la cabeza principal mordía su otra cabeza y comenzaba a zarandearla como haría un lobo con el anca de un ciervo. Kratos clavó una de las espadas en la encía inferior de la cabeza principal y utilizó la cadena para balancearse hasta la barbilla de la criatura. Allí atravesó las escamas con la segunda espada mientras soltaba la primera. La cabeza principal rugió de dolor y soltó la cabeza secundaria, medio masticada, que se hundió en el mar.
Kratos siguió dando tajos bajo el cuello, junto a la barbilla, donde la criatura no podía alcanzarlo. La cabeza secundaria que quedaba serpenteó como una víbora en su dirección para atacarlo por la espalda, pero cuando Kratos le clavó una de las Espadas del Caos en el hocico, la cabeza se lo pensó mejor. Con la afilada espada clavada con firmeza en la cavidad nasal, al intentar retroceder la criatura soltó un alarido de dolor más estruendoso que cualquier otra cosa que Kratos hubiese oído nunca. La cabeza principal, en lugar de intentar morder a Kratos y partirlo en dos, golpeó su propio cuello violentamente contra el palo mayor y aplastó a Kratos entre sus escamas y el enorme mástil.
A Kratos se le nubló la vista. La cabeza principal lo mantuvo inmovilizado, presionándolo contra el mástil, que crujió de forma alarmante, al igual que la columna de Kratos..., pero el mástil cedió antes y se partió hecho astillas.
La cabeza principal volvió a alzarse y la secundaria intentó soltarse desesperadamente, pero la espada que tenía alojada en la nariz estaba enganchada como un anzuelo, y tirando de ella sólo lograba que se le clavase aún más. La otra espada seguía alojada en la garganta de la cabeza principal. Ninguna de las dos espadas iba a soltarse, y tampoco iban a romperse, del mismo modo que las cadenas que las unían a los brazos de Kratos no podía romperlas ninguna fuerza terrenal. Cuando la cabeza principal tiró hacia un lado y la cabeza secundaria tiró hacia el otro, sólo había una cosa que las unía y que podía romperse: Kratos.
Gritó de dolor, colgado entre las dos cabezas que intentaban desgarrarlo. Los músculos que rodeaban sus enormes hombros se hincharon, pero ni siquiera su fortaleza sobrenatural era rival para la fuerza titánica de la hidra. Cualquier otro día, Kratos podría haber muerto; pero la hidra era una criatura de Ares, y la posibilidad de morir a manos de un esbirro de su enemigo avivó la rabia de Kratos. Era algo más que rabia. Era algo más que furia.
Estaba henchido de la ira de un dios.
Experimentó lo mismo que cuando entró en el pasadizo donde había visto a Poseidón; sintió que le quemaban los huesos desde dentro hacia fuera. A su alrededor centellearon rayos que hicieron que el mundo se desvaneciese en una imagen borrosa de un color azul desvaído y soltaron una descarga a lo largo de las cadenas hasta llegar a las espadas. La carne que rodeaba a la espada clavada en el cuello de la cabeza principal explotó como una vasija cerrada herméticamente que hubiesen dejado demasiado tiempo al fuego, y unos inmensos pedazos de carne humeante quedaron diseminados por todas partes.
La espada alojada en la cavidad nasal de la cabeza secundaria tuvo un efecto aún más espectacular: al explotar las membranas internas, lanzaron fragmentos de hueso por las cuencas de los ojos de la hidra y sus ojos le saltaron de la cara. Los fragmentos penetraron también en el cerebro de la cabeza secundaria, el cuello se desmoronó y Kratos cayó hacia la cubierta, a muchos metros de distancia por debajo.
Mientras caía, pensó que la Ira de Poseidón le había resultado más útil de lo que sospechaba. Al pasar junto al astillado palo mayor, con un movimiento de muñeca lanzó una espada, que se clavó en el mástil y le permitió cambiar de dirección con un giro largo y controlado. La enorme bestia lo vio venir, arqueó el cuello y abrió de par en par aquellas fauces que podrían haber partido el barco en dos.
Tras decidir, para satisfacción suya, que la gigantesca cabeza principal no albergaba un cerebro proporcional a su tamaño, Kratos se encaramó a lo alto de lo que quedaba del palo mayor ?una superficie inclinada llena de astillas afiladas como agujas? e hizo girar las espadas alrededor de su cabeza para llamar la atención del monstruo.
Esperó hasta que la cabeza principal se abatió sobre él como una luna que cae y se lo tragó junto a varios metros de mástil. La madera del palo mayor no era tan dura como los cuellos secundarios de la hidra, ni siquiera antes de romperse, y Kratos sabía que la bestia podía cortarlo de un rápido bocado. De nuevo en la viscosa cueva de la boca del monstruo, Kratos volvió a liberar la furia ardiente que lo quemaba por dentro.
La cabeza principal se retorció cuando la Ira de Poseidón le hizo trizas la parte de atrás de la boca. Kratos lanzó una espada hacia arriba, en dirección a la parte posterior de las fosas nasales de la hidra, y salió disparado a través de una cantidad incalculable de baba salada hasta llegar a la parte inferior del cráneo del monstruo. Antes de que la criatura dejara de retorcerse, Kratos había logrado entrar en el cráneo a base de tajos. Con varios cortes hábiles con las espadas convirtió el cerebro de la hidra en una papilla hedionda.
Volvió a bajar hasta la garganta del monstruo, que aún se retorcía y contraía espasmódicamente mientras el resto del inmenso cuerpo de la hidra recibía poco a poco el mensaje de que su cerebro había muerto. Kratos bajó por las protuberancias cartilaginosas hasta que la luz procedente de la boca abierta de la bestia comenzó a apagarse... y oyó una débil voz que decía entre sollozos:
?Por favor..., por favor, que alguien me ayude... Poseidón, por favor...
Kratos clavó una de las espadas en un largo músculo estriado y usó la cadena para impulsarse hacia atrás y entrar en la resbaladiza oscuridad. Allí, donde ya no llegaba la luz, Kratos adivinó una figura aún más oscura. Sacó la otra espada y la hizo girar para encender su fuego. A la luz de la espada vio al capitán.
?¡Bendito seas! Que Poseidón os bendiga a ti y a todos tus viajes ?dijo el capitán entre jadeos?. Que todos los dioses del Olimpo te sonrían eternamente...
El marino estaba agarrado desesperadamente a una protuberancia cartilaginosa. Sus pies colgaban sobre lo que parecía una caída sin fondo hasta el estómago de la hidra. Y de una fina correa de piel que llevaba al cuello colgaba una brillante llave de oro.
Kratos soltó la cadena un poco más y se descolgó con una mano enorme por delante. El capitán no paraba de llorar.
?Bendito seas ?repitió?. ¡Bendito seas por volver a por mí!
La mano de Kratos se cerró alrededor de la correa de piel.
?No he vuelto a por ti ?dijo, y tiró con fuerza de la correa, que se partió en dos. Acto seguido, soltó la mano del capitán del cartílago. Sus gritos cesaron súbitamente cuando cayó en el estómago hirviente de la hidra.
Cuando Kratos salió andando de la boca de la hidra muerta con la llave en la mano, aún se oía el sonido de los jugos gástricos digiriendo al capitán. Kratos se detuvo junto a la base del mástil que atravesaba la cabeza principal; con unos cuantos tajos de las Espadas del Caos cortó el palo mayor de raíz y la enorme bestia cayó por la borda y se hundió para siempre.
Kratos sopesó la llave. Cuánto trabajo sólo para abrir una puerta. Más valía que la recompensa estuviese a la altura del combate.