Adolfo Kaminsky proveyó documentos a perseguidos políticos durante 30 años.

El falsificador Argentino que salvó a 3000 judíos

Buenos Aires. Un argentino logró salva la vida de tres mil personas durante la ocupación nazi en Francia por su habilidad como falsificador de documentos.

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En el libro Adolfo Kaminsky. El falsificador , la hija del protagonista, Sara Kaminsky, relata esta historia en base a entrevistas a su padre. También cuenta el trabajo de Adolfo para el Frente de Liberación Nacional (FLN) durante la guerra de independencia de Argelia, su formación de antifranquistas en España y su ayuda a combatientes contra las dictaduras en Guatemala y Grecia.

Con apenas 17 años, Kaminsky se convirtió en un experto de la falsificación gracias a sus labores en una tintorería, sus contactos con un vendedor de químicos y su propia intuición, que lo llevó a hacer varios experimentos con éxito.

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Su especialidad le permitía hacer desaparecer el rastro de la tinta o registrar nuevos datos de una persona en un documento falso como si fuera original. Para aquel entonces, hacía varios años que Kaminsky, nacido en Buenos Aires en 1925 e hijo de rusos, vivía con su familia en Francia. Sus conocimientos sobre falsificaciones crecieron casi al mismo tiempo que avanzaba el nazismo en ese país, donde aún reside.

En 1943, el entonces joven y su familia fueron arrestados para ser trasladados al campo de concentración de Drancy, cerca de París, una ?antecámara de la muerte? donde 77 mil prisioneros, la mayoría judíos, fueron reagrupados antes de ser llevados a los centros de exterminio nazis.

Fue la ayuda del Consulado argentino en Francia la que ?permitió que la familia fuera liberada luego de tres meses de detención, en los que descubrió ?a los judíos y su diversidad? y ?a través de ellos? se sintió judío, una sensación que ?nunca más? lo abandonó, relata su hija en el libro.

Al poco tiempo, se contactó con la resistencia y se incorporó a un pequeño laboratorio ?con fachada de taller artístico, donde preparó cientos de documentos que, en muchos casos, se convirtieron en cartas de salvación.

?Mantenerme despierto. El mayor tiempo posible. Luchar contra el sueño. El cálculo es sencillo. En una hora fabrico 30 documentos vírgenes. Si duermo una hora, morirán 30 personas?, pensaba Kaminsky mientras se daba ánimos para fal­sificar documentos con el fin ?de salvar a niños judíos de la deportación.

El muchacho también intentaba ?mantener la calma?, camuflar las emociones, ?comprimir el miedo, disimular la angustia? cuando se topaba con requisas en el subte de París.

Kaminsky, hijo de una judía que murió ?según cree? a manos del nazismo, transmite en el relato su desesperación por llegar a tiempo a distribuir los documentos falsos en las casas de quienes, de lo contrario, unas horas más tarde serían de­portados.

También conocido como Julien Keller, Georges Vernet o Adrien Leconte, Adolfo trabajó durante más de 30 años en la clandestinidad a favor de perseguidos políticos, hasta 1971.

?Los servicios de policía estaban tras las huellas del falsificador de París. Había encontrado un modo de producir una cantidad tal de documentos falsos que, muy rápidamente habían inundado toda la región del norte, hasta Bélgica y los Países Bajos?, sostiene la biografía.

Los labores de Kaminsky se extendieron más tarde en beneficio de ?los sobrevivientes de los campos de concentración que se embarcaron de forma clandestina hacia Palestina de 1946 a 1948?, del servicio del FLN argelino, de los que peleaban en Guatemala contra el general golpista Carlos Castillo Armas y de los que en Grecia ?combatían a la dictadura de los coroneles?.