El texto es extenso pero vale la pena leerlo.

Dinero fiduciario y dinero fiat


A lo largo de la historia, se han utilizado como dinero muchos y muy diversos bienes. El cacao, el polvo de oro, el jade, entre otros artículos, se usaron para facilitar el intercambio y el comercio. Sin embargo, con el paso se los siglos, sólo dos mercancías, el oro y la plata, emergieron como dinero en la libre competencia, desplazando a los demás bienes.

Esto se debió, fundamentalmente, a que el oro y la plata son los materiales que mejor cumplen con las tres funciones básicas del dinero: ser medida de valor, instrumento de intercambio y reserva de riqueza, propiedades que derivan del valor intrínseco de su escasez, consistencia, calidad y resistencia a la corrosión.

Internacionalmente, no hay otros instrumentos que se les pueda comparar. Una onza de oro ó de plata es un bien físico aceptado en todo el mundo, no una promesa negociable de futuro, por lo que correctamente se le llama dinero ?real?.

Después de 50 siglos de usar ese dinero, en el siglo XVII comenzó a utilizarse el dinero de papel, para facilitar los pagos en grandes cantidades. Pero ese papel era considerado dinero honesto y equitativo en la medida en que estaba respaldado por las cantidades correspondientes de metal precioso. Se le llama ?dinero fiduciario? porque existe la confianza (fiducia) de que podía ser intercambiado en cualquier momento, a la vista al portador, por las correspondientes cantidades de oro ó plata.

El abuso en la emisión de dinero fiduciario de papel, al alejarse de su equivalente en metal, siempre ha provocado colapsos económicos, y los sigue provocando en nuestros días.

Pero, actualmente ya no existe dinero fiduciario en el mundo. Ningún billete representa actualmente algún derecho exigible por su dueño a cargo de quien lo emite. ¿Por qué?

El dinero fiduciario pasó a ser sustituido por el dinero ?fiat? (del latín fiat, ?hágase?). Se le llama así pues existe por decreto, por mandato de la autoridad de quien gobierna, y porque no es redimible por cosa alguna. No tiene ningún respaldo, ni promete la entrega de algo de valor a su dueño. Hoy en día, sólo existe dinero fiat en el mundo.

El dinero fiat vale en el comercio porque en el momento de su creación sustituyó a otro dinero que sí constituía valor en sí mismo, como el dinero real, o prometía algo de valor, como el dinero fiduciario.

Al dejar de existir el dinero fiduciario, las cuentas bancarias de depositantes se volvieron cuentas de dinero imaginario, dinero ficticio que sólo existe como una cantidad de unidades, unidades de nada hoy día, simples dígitos de computadora en una cuenta que lleva el nombre de su dueño.

De las tres características que definían el dinero, se perdieron las de ser medida de valor y reserva de riqueza, sólo subsistió la de ser instrumen-to de intercambio. Así, los billetes que usamos son simples certificados de deuda en un sistema bancario que nos convierte en acreedores, pero no son medida estable de algo, y mucho menos resguardo de valor. Nuestros billetes dejaron de ser medios de pago, siendo la definición de ?pago? la entrega de algo por algo, y subsistieron sólo como medios de cambio.

Se conoce la fecha precisa en que dejó de existir el dinero fiduciario en el mundo, y quedó, en su lugar, exclusivamente el dinero fiat. Esa fecha es el 15 de agosto de 1971, día en que el Presidente Nixon rompió el compromiso de los Estados Unidos de respaldar sus dólares con oro, a razón de una onza por cada $35 dólares.

En 1971 se evidenció la bancarrota estadounidense, pero el mundo tuvo que seguir aceptando dólares sin valor al no existir otra opción. Así se sentaron las bases de un colosal fraude internacional: a partir de entonces, las naciones del mundo envían a los Estados Unidos toda clase de bienes, mientras que los Estados Unidos entregan, a cambio, papeles y dígitos de computadora que no valen nada. Eso se aplica también al Euro y a otras divisas que pretenden tomar el lugar de monedas de reserva.

Dicho proceso está a la base de todas las distorsiones del neoliberalismo y configura un modelo totalmente injusto que sustrae la riqueza de las mayorías para transferirla al pequeño grupo que detenta la facultad de emitir dinero irrestricta e irresponsablemente. ¿Por qué?

Porque en la medida en que se crea más dinero, en esa misma medida se devalúan las unidades monetarias ya existentes, enriqueciendo desmedidamente a quienes lo crean, y empobreciendo continuamente a quienes se encuentran al final de la cadena social.

Tal situación trae consecuencias sumamente dañinas para las personas y para las sociedades, básicamente por tres razones: se corrompen las relaciones interpersonales, se somete a las poblaciones a una indetenida merma del poder adquisitivo, se provoca la pérdida de autoestima y la descivilización generalizada.1

Si definimos ?civilización? como la vida ordenada en sociedad, podemos concluir que existe hoy una grave amenaza contra ella, desde el momento en que se deteriora la división del trabajo. Antiguamente, las organizaciones tribales funcionaban mediante el trueque, pero en la medida en que crecieron los satisfactores y se diversificó el comercio, surgió la necesidad de usar medios de intercambio, primero oro y plata, y posteriormente el dinero fiduciario. El dinero era base del contrato social, pues aseguraba la justicia en las transacciones y, por ende, la equidad de las relaciones entre las personas.

Al haber menospreciado la calidad del dinero, en aras de un poder económico irrestricto y de una hegemonía global unilateral e impuesta, se minaron las bases de la civilización: el dinero, que es como el cemento de la sociedad, se convirtió en lodo, por lo que hoy todo se está desmembrando y descomponiendo.

En su ensayo ?The Cultural and Spiritual Legacy of Inflation?, Jorg G. Hulsmann explica cómo la inflación, y la consiguiente devaluación monetaria provoca la degradación cultural y espiritual de la sociedad humana. Él establece que la manipulación del crédito y del dinero, por parte de las bancas centrales, equivale a trastocar la mente y el corazón de los individuos, siendo que el principal activo que uno posee es el fruto de su propio trabajo, el cual normalmente adquiere la forma de dinero. Con el sistema de dinero fiat se comete el inmoral fraude de la inflación y el dinero pierde valor continuamente, los pueblos pierden su engranaje moral y se los conduce a la decadencia social.2

Ustedes mismos analicen, y verán cómo la desconfianza y las turbulencias en los mercados, la agitación y el desánimo social, los enormes fraudes financieros y la inflación asfixiante endilgada por los gobiernos contra sus pueblos, todo ello tiene su origen en la falta de calidad del dinero, y en la consiguiente posibilidad de crear liquidez ficticia y crédito de la nada.

Cuando la irresponsable expansión de crédito y la exagerada creación de dinero fiat lleguen a su fin inevitable, el proceso monetario y financiero internacional entrará en implosión, y la civilización entera quedará en ruinas. No habrá distinción entre lenguas, religiones, etnias ó clases sociales, todos padeceremos las graves consecuencias de lo que se ha venido sembrando durante los últimos 36 años.

El desafío que enfrenta el neoliberalismo sigue siendo el mismo que el capitalismo liberal no pudo resolver: asegurar la justicia, a favor de las personas, comunidades y naciones más pobres. Por ello, todavía sigue vigente la condena de la sociedad contemporánea que la Conferencia del Episcopado Mexicano hizo en Puebla en 1979: ?Ricos cada vez más ricos, y pobres cada vez más pobres?.

Sin embargo, pocos han reparado en que la degradación del dinero es lo que está a la base del deterioro económico y social provocado por el neoliberalismo.

En la medida en que el dinero que usamos es ficticio, se provoca una ruptura cognoscitiva entre la realidad y la percepción de la misma, derivándose como efecto una confusión desquiciante.

Por la expansión crediticia irrestricta crece el endeudamiento (con las obvias secuelas de mayor dependencia económica respecto a los prestamistas internacionales, y de mayor dependencia política según las condiciones vergonzosas de los préstamos); por la expansión monetaria sin límites, persisten los índices de inflación, pese a todos los meca-nismos para frenarlas; por la devaluación monetaria, en la carrera de la competitividad, se castigan inevitablemente los salarios de los trabajadores; por la desaparición del valor intrínseco de las monedas, se da un desplome del ahorro, que es el fruto directo del trabajo humano.

Si uno observa en profundidad, es el dinero sin calidad el que propicia los desequilibrios insitos al modelo neoliberal: la especulación, la inflación, la depreciación de las monedas, las devaluaciones, la inestabilidad financiera, la pérdida de la soberanía y la apropiación de bienes y servicios por parte de transnacionales a cambio de nada.

En cambio, la moneda de plata o de oro constituye verdadera propiedad privada y sienta las bases de un sistema justo y honesto en el que se garantiza la supervivencia del ahorro popular, el optimismo en el futuro, la tranquilidad personal y social.

En las universidades no se discute este tema ya que, como empresas que son, orbitan bajo la influencia de los bancos, y éstos no quieren siquiera que se hable de esto; el tema de la calidad del dinero se ha convertido en un tabú. ¿Serán las instituciones religiosas, como defensoras del hombre y de la civilización, las que tengan que elevar su voz para advertir acerca de esta grave amenaza que se cierne sobre el mundo entero? De lo contrario, el esfuerzo que realizan las instituciones religiosas y organizaciones no gubernamentales por combatir la pobreza, se quedará en esfuerzos paliativos, meras aspirinas que no van a curar la raíz del problema.

Si no pensamos y hablamos de esto, si no hacemos algo por rescatar el dinero real y honesto, llegaremos pronto a un mundo bárbaro. Y será ya tarde, pues en medio de esa barbarie no habrá pensadores que alcancen a entender lo que está pasando y lo que originó toda esta situación.

Muchas gracias.

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