Era el último día antes de las vacaciones, salía con la sensación del deber cumplido: haber completado cada ?pendiente? antes del viaje que empezaría al día siguiente. Sólo le faltaba hacer una llamada. Sacó el celu, puso palma arriba con el equipo sostenido suavemente, el dedo índice buscó el contacto en el teclado ?touch?. De golpe, la mano que sostenía el celu se hundió y rebotó, pero ya sin el teléfono. Lo que siguió fue un instante. El motochorro ya había sacado unos metros de distancia.
La vida cabe en un celular
Lo empezó a correr, la moto aceleró. Ocurrió sobre la vereda en la avenida Corrientes, en pleno Almagro. Eran las 7 de la tarde de un martes. La primera reacción fue buscar otro teléfono para avisar que bloqueen la línea. Pensó en llamadas de larga distancia y otros gastos que pudieran hacer. Pero entonces se dio cuenta que la cosa era más seria.

Advirtió que en ese equipo, que se llevaba el caco motorizado a toda velocidad por Corrientes, tenía su vida digital entera. Que casi es lo mismo decir, hoy, que ahí tenía toda su vida y pasiones.

Estaban las redes sociales, con todos sus contactos; las fotos en familia; las conversaciones en WhatsApp y todas sus minucias; los e-mails personales y del trabajo; un detalle de por dónde se movió cada minuto de los últimos días (Google lo rastrea con el GPS); el home banking; y más. Todo protegido con un inocente ?patrón?, fácilmente vulnerable.
celulares
No le quedó otra que cambiar todas y cada una de las contraseñas, resignarse, encerrar su vida en un nuevo dispositivo.