Hace años comprendí una lección,
la vida me la dio con doble razón.

Dos sentidos que no comprendía en aquél momento,
era un espeso algodón de tristezas
que sólo yo podía remediar con dedicación, alma y cuerpo;
su tono gris me avisaba que se acumulaba su dolor
y que podía estallar en cualquier momento.

Estuve a su lado en momentos difíciles
más no en traumantes,
me desvié de su sombra por razones gigantes
y por eso estuvo a punto de llegar a situaciones
para mi angustiantes.

Al verme alejado tuvo que buscar
otro rayo para iluminarse
aunque sabía que sólo de mí podía enamorarse.

Mi error fue garrafal
y me costó millones de rayos que eché al azar,
queriendo encontrar un nuevo algodón
para que me llegase a cobijar,
pero nunca encontré la tranquilidad
que aquella maravillosa silueta me supo dar.

La hice llorar y sus lágrimas se convirtieron en mi mal,
aunque muy alejadas llovían
hasta en mi paradero siempre me pudieron mojar;
eran golpes que aturdían mi vida
por haber dejado a aquél supremo ser especial.

Mi nube maravillosa que nunca dejó de creer en mí;
pasaron mis turbias tormentas aunque nunca la perdí
porque en su núcleo siempre me guardó
y más que nada me crío.

Logré encontrar aquél cielo
donde se encontraba aquella nube especial,
sané las heridas que en su corazón había
al igual que ella las mías.

Desde entonces
todos los días nuestras esencias se observan,
vivimos en el firmamento
y ya nunca ha habido lluvias
que nos mojen el momento.

Mi nube nunca ha vivido más blanca
y su sol nunca ha estado tan brillante
porque vive rodeado de esa nube que lo enloquece,
lo hace salir a altas horas de la noche,
lo entiende, lo hace eclipsar con su amiga, la solitaria luna.

Pero más que nada porque esa nube hermosa mucho lo ama.