A tres décadas del último Mundial de fútbol ganado por la Argentina, la epopeya toma ribetes de mito. Aquí, un rescate emotivo: desde el ?golpe? de Alfonsín contra Bilardo hasta la promesa incumplida a una Virgen y la camiseta rota que jamás se venderá.

México

01 La zurda de Maradona. Si un Mundial es un estado de ánimo que dura cuatro años calendario, la historia de México ?86 empieza donde termina su antecesor, España ?82. Argentina pierde 3 a 1 con Brasil en Barcelona y queda eliminada. Diego Maradona, la gran esperanza del equipo para repetir el título, alterna buenas y malas, no se destaca, no conduce. En ese partido fatídico, lo último que muestra su pierna izquierda es un planchazo descalificador sobre Joao Batista que le cuesta la expulsión a cinco minutos del final. Adiós al sueño y al ciclo de César Luis Menotti como DT de la Selección.

02 El gancho. Tras varios meses sin sucesor para Menotti, el 24 de febrero de 1983, a las 19.35 , el doctor Carlos Salvador Bilardo estampa su firma en el contrato que lo liga a la dirección técnica de la Selección Argentina desde esa misma tarde hasta el final del próximo Mundial. Fue una elección muy discutida la que hizo la AFA. Diez días antes, Bilardo se había consagrado campeón con Estudiantes del Metropolitano ?82, luego de vencer a Talleres por 2 a 0. El primer gol de ese partido consagratorio lo anotó un hombre del ?doc?, José Luis Brown. Anoten ese nombre.

03 La cinta. El trabajo de Bilardo, obsesivamente perfeccionista, se ganó una legión de detractores en redacciones y cafés de todo el país. Como DT, su primer golpe de timón fue ofrecerle la capitanía del equipo a quien consideraba el jugador clave: Maradona. Con el diario de 2016 parece un acierto, pero en su momento fue un escándalo. Hasta entonces, la cinta era inamovible del brazo de Daniel Passarella, caudillo del seleccionado campeón del ?78. Diego lloró en su casa de Barcelona al escuchar la noticia. Al Kaiser no le cayó muy bien.

04 Las Eliminatorias. Argentina se jugó la clasificación ante Colombia, Venezuela y Perú. Mientras los dos primeros no presentaron obstáculos, los peruanos estuvieron muy cerca de dejar a nuestro equipo fuera del Mundial. En Lima ganaron 1 a 0, con una violenta y pegajosa marca del volante Luis Reyna sobre Maradona. Y en el Monumental, a falta de diez minutos, iban arriba 2 a 1 ante un estadio inquieto. Un rebote empujado a la red por Ricardo Gareca a los 36 minutos acabó el suplicio y mandó a la Selección a tierras aztecas. Paradójicamente, el Tigre Gareca se quedaría fuera de la lista definitiva y vería el Mundial por televisión. En la actualidad, es director técnico de la selección de Perú y pelea por llevarlos al torneo del que aquella tarde los privó. Paradojas.

05 Tilcara I. En enero del ?86, Bilardo se llevó 14 futbolistas a entrenar a la Puna para probar cómo contrarrestar los efectos de la altura mexicana. Durante diez días, figuras como Bochini, Ruggeri o Brown jugaron a la pelota en canchas de tierra y piedra contra equipos armados con vecinos del pueblo, con el silencio de los cerros como tribuna. ?Allí empezamos a vivir el Mundial?, recuerda hoy el Tata Brown.

06 Tilcara II. Pero hablar de ese pueblo jujeño es hablar de su maldición. Hasta el menos futbolero la conoce: Argentina no tiene tres estrellas en el pecho porque el plantel del ?86 nunca cumplió una promesa de volver allá para agradecerle el título a la Virgen de Copacabana de Abra del Corral. Bilardo, un esclavo de las cábalas, jura que jamás prometió tal cosa. Los vecinos, que acompañaban al plantel a visitar a la Virgen, afirman que sí. Este malentendido habría sido el padre del mito. Los años de sequía hicieron el resto.

maradona

07 Las críticas. Antes del Mundial, Daniela Bilardo, en el colegio, era simplemente Daniela. Su madre había arreglado que los profesores no la llamasen por el apellido debido a la saña que había con su padre. En la casa de Daniela había siempre colgado un cartel de ?En venta?, para engañar a quienes iban a tirar piedras a la ventana. Así de odiado era el DT de la Selección. El equipo no tenía juego y de México se esperaba solamente un papelón. Algunos familiares de jugadores le tenían tanta confianza al equipo que armaron planes para pasar unos días en Acapulco después de la eliminación en Primera Ronda.

08 El asado. Uno de los hinchas desencantados con la Selección era el presidente Raúl Alfonsín. En la sobremesa de un asado con colaboradores, le preguntó a su secretario de deportes, Rodolfo O?Reilly, cuándo lo iba a echar a Bilardo. Y O?Reilly, que en realidad venía del mundo del rugby, se dio maña. Aprovechó una entrevista para decir que ?la Selección no jugaba a nada?, candidateó a Menotti, consultó con Grondona y hasta habló con algún dirigente de AFA para derrocar al propio Don Julio si éste no quería limpiar a Bilardo.

09 El blindaje. Mito o no, Bilardo cuenta en su autobiografía que se enteró del intento de golpe por una red de informantes conformada por taxistas y mozos de bares donde se reunían políticos, que solían pasarle data sensible que escuchaban de refilón. Lo cierto es que armó un operativo blindaje con un grupo de periodistas afines que le dieron aire para denunciar la maniobra. Maradona también salió al cruce: ?Si echan a Bilardo, que busquen a otros jugadores para jugar el Mundial?. Al final quedó todo en la nada. Faltaban exactamente 80 días para que Alfonsín y O?Reilly vieran al plantel entrar a Casa Rosada con la copa bajo el brazo.

10 La lista. El 17 de abril, la AFA entregó la lista definitiva. Almirón, Batista, Bochini, Borghi, Brown, Burruchaga, Clausen, Cuciuffo, Enrique, Garré, Giusti, Islas, Maradona, Olarticoechea, Passarella, Pasculli, Pumpido, Ruggeri, Tapia, Trobbiani, Valdano y Zelada. Como si se tratara de alumnos de la primaria, el orden alfabético y no la táctica determinó los dorsales del plantel. Salvo en un par de casos excepcionales. ¿O alguien imagina a Maradona jugando ese Mundial con un 13 en la espalda?

11 La huida. ?Yo siempre digo en chiste que a Ezeiza nuestros familiares fueron a escondidas. ¿Usted no es la mamá de Héctor Enrique? No, yo no?, se ríe a la distancia el Negro. Cantando bajito, como dice el tango, cuerpo técnico y jugadores partieron rumbo al Mundial mes y medio antes del debut. No se trataba sólo de aclimatarse a la altura, sino de escapar del ambiente hostil. Cuando llegaron a México, alguien dijo en joda que ?serían los primeros en llegar y los últimos en irse?. En el grupo, la frase se grabó a fuego.

12 La reunión. Las críticas, los malos resultados, la rivalidad entre Passarella y Maradona, entre menotistas y bilardistas, todas esas tensiones convivían en el seno del plantel. En uno de los peores partidos preparatorios, empataron 0 a 0 con el Junior de Colombia, un club de mitad de tabla, a dos semanas del debut. Esa noche todo explotó. Los jugadores se reunieron en un cuarto en el que se dijeron en la cara todo lo que tenían atragantado y se juraron ganar la Copa. ?El nuestro fue un grupo de hombres, que en su momento se dijo las cosas que se tuvo que decir y murió ahí?, recuerda Tapia sin dar detalles. Es que si hay una historia de México que todavía es un misterio fue lo que pasó dentro de ese cuarto. Ninguno de los protagonistas jamás contó qué se dijo en esa charla.

Mexico 86

13 La isla. Ubicado a diez minutos del Estadio Azteca, el predio del Club América fue la casa de la Selección en México. Una casa que le quedó chica. Tanto fue así que debieron armar unos cuartos improvisados en un anexo, a 300 metros de la concentración. Lo llamaron cariñosamente ?La Isla?, pero era un galpón: techos que se llovían, un solo baño, camas más chicas que los jugadores. Brown y Passarella, dos de los ?isleños?, compartían el cuarto con una parrilla de material.

14 El debut. El 2 de junio de 1986, a las tres de la tarde de una Argentina que no esperaba nada del equipo, la Selección debutó en el Mundial con un triunfo 3 a 1 ante Corea del Sur. Los goles de Ruggeri y Valdano (autor de dos) serían menos recordados que las patadas karatecas que recibió Diego Maradona.

15 Búnker. Eduardo Cremasco era un ex jugador de Estudiantes y amigo personal de Bilardo que vivía en el DF y ayudó en la logística de la llegada del equipo. Tenía un pequeño restaurante de carne argentina llamado ?Mi Viejo?, al cual el plantel visitó en la previa del debut. Guiados por Maradona, pero más aún por las cábalas, ?Mi Viejo? se volvió una parada obligatoria del plantel. Para el local, fue la consagración dentro del mundillo del fútbol. Cremasco murió en 1988, pero Héctor Zelada, ídolo del Club América y tercer arquero del plantel 86, compró el local y mantuvo viva la mística durante muchos años.

16 Paren de atacar. Italia llegaba como campeón defensor a México, pero corría el riesgo de volverse a casa si perdía con Argentina. A los seis minutos, se puso arriba con un penal dudoso que Altobelli cambió por gol. Sería el único momento en toda la Copa en el que Argentina estuvo abajo en el marcador. Diego lo empató a la media hora con una pincelada, sutil y enigmática, que descolocó a un zaguero y al arquero en un mismo toque. El equipo estaba para cosas grandes. El punta Gianluca Vialli empezó a pedirle a Oscar Garré que dejasen de atacar y firmasen el empate, que ?si nos ganan, nos matan a todos?.

17 Cábalas. Pumpido usó todo el Mundial la misma ropa, Garré se ponía un ramo de ruda en las medias antes de jugar, Tapia se afeitaba el día del partido, Brown atendía un teléfono dentro del vestuario que alguien hacía sonar desde afuera, Giusti enterraba un caramelo en el círculo central previo al pitazo inicial. Es imposible llevar el registro de la cantidad de cábalas, individuales o colectivas, que tenía ese equipo. Pero durante ese mes eran casi tan importantes como saber a quién había que marcar. Argentina cerró la fase de grupos con un triunfo 2 a 0 ante Bulgaria, que le aseguró el primer puesto de su zona.

18 El hombre de Octavos. En el deporte, algunos nombres quedan asociados para siempre con un partido o una jugada. A Pedro Pablo Pasculli le tocó ir de la mano con el triunfo 1 a 0 ante Uruguay por los Octavos de Final, en el cual hizo el gol. Pero los diarios de la época resaltaron al día siguiente lo mucho que erró el equipo y el punta esa tarde. ?Sí, podríamos haber ganado por más, pero lo importante era pasar de ronda, aunque sea medio a cero?, recuerda el 9 desde Italia. Aunque, lo reconoce, otro gol le hubiera arruinado la marquesina: ?Y, queda mejor 1 a 0, gol de Pasculli?.

19 El Capitán. A pesar del gol, Pasculli perdería la titularidad. Maradona fue a charlar con el delantero y a consolarlo. Diego era el líder adentro y afuera de la cancha. Hacía regalos, mediaba en discusiones, peleaba premios con los sponsors para que cobraran todos. ?Vos veías al mejor de todos calentarse porque no le salía algo en un entrenamiento y pensabas: ?Si el monstruo hace eso, ¿qué nos queda a nosotros???, recuerda Enrique, a quien Diego le consiguió unos botines nuevos antes del debut.

20 Iconos. Antes de jugar con Inglaterra, Maradona era uno de los varios llamados a ser ?la figura del Mundial?, junto a Platini o Francescoli. Luego de esa tarde, su lugar ya no podía ser otro que el mármol. Minutos 6 y 10. Dos goles. Uno, cuestionado por casi cualquiera que no haya nacido en estas tierras; el otro, un happening de 10.6 segundos que, reproducido como pocas obras en la historia del arte moderno, aún es capaz de conducir electricidad por la piel. Desparpajos de viveza y de talento, dos goles opuestos y hermanados que juntos se volverían tatuajes, canciones, literatura. Más que dos goles, Maradona parió dos íconos.

Argentina

21 Las islas. De los 22 argentinos habilitados por FIFA para jugar ese día, quizás para ninguno significaba tanto el rival como para Carlos Tapia. El fantasma de Malvinas, del que ninguno quiso hablar en la previa pero que todos vieron, estaba muy presente en él. ?Soy de la clase ?62, la que viajó a la guerra. Hice el servicio militar en Ramos Mejía, vi a los chicos subirse a los camiones. Creo que no fui porque ya estaba jugando en Primera, pero recuerdo ese silencio. Es una cuestión muy personal, pero festejé más ganar ese partido que el título?, recuerda el Chino. Ese día le tocó entrar a la cancha. En una jugada que lo podría haber sumado al mármol de esa jornada, tiró una doble pared con Maradona y sacó un remate que se estrelló en el palo, recorrió toda la línea y salió. Hoy, sentado en un café de Recoleta, opina que, a lo mejor, fue para bien que no haya entrado esa pelota. ?Quizás la vida habría sido distinta para mí si hubiese sido gol. Quizás me vendían más rápido, a otro equipo. Y la carrera que tuve me gustó, no me arrepiento de nada.? Ese remate, infructuoso y exigido, le desgarró la pierna derecha. Fue lo último que hizo en el Mundial.

22 Perspectiva. Recién finalizado el partido contra Inglaterra, ninguno de los compañeros de Maradona le daría el carácter de antológico al segundo gol del diez. Sí, un golazo, pero nada que no hiciera en cada entrenamiento. Estaban acostumbrados a verlo hacer esas fantasías. En una práctica o en un estadio ante 114.500 personas, era indistinto. ?¿A quién tenía de hijo Diego en los entrenamientos? A todos?, se ríe Enrique.

23 Semi. El plantel cenó en ?Mi Viejo? esa noche. Bilardo llegó más tarde, había ido a Puebla para ver el cruce que definía al próximo rival. ?Quédense tranquilos, ya estamos en la final?, le dijo al grupo cuando se sentó a la mesa. Dicho y hecho. Otros dos goles de Diego acabarían con Bélgica y sellarían el pase al último partido: Alemania.

24 REC. Para distender las noches antes de la semi y la final, a Olarticoechea se le dio por agarrar una cámara de video y entrevistar a sus compañeros. ?¿Y, estás cagado??, preguntaba el Vasco, mientras leía un cuestionario anotado en un rollo de papel higiénico. Pero también preguntaba por la familia, por los sacrificios, por lo que significaba estar ahí. Y sus compañeros se iban abriendo. ?Ese video es el mejor recuerdo de esos dos meses, cada tanto lo veo?, recuerda. A pesar de esa exclusiva, fue uno de los pocos del plantel que luego del retiro no ejercería el periodismo.

25 En la palma. Rebobinado. Faltan todavía varios meses para el Mundial de México. En una de sus visitas a los jugadores que están en Europa, Bilardo se lleva a Burruchaga a entrenar a una cancha. El Narigón se para en el medio del área, levanta la mano y le pide a Burru que le tire centros ?acá, en la palma?. Burru tira un centro. Tira diez. Cien. Tirará una infinidad hasta el 29 de junio de 1986. Ese día, en una final del mundo, tira quizás el más perfecto de todos. Una rosca que engaña al arquero Schumacher y que le cae en la cabeza a José Luis Brown. El Tata jura que no vio entrar la pelota, que ni bien la impactó supo que era gol. Fue el único tanto que hizo jugando para la Selección.

26 Coraje y dolor. Parado sobre la Ruta 29 en la entrada a su pueblo natal, Ranchos, el Tata Brown dice que se acuerda cuando era un pibe y caminaba todos los días a ese mismo lugar para hacer dedo, esperando algún auto que lo llevase los 84 kilómetros que hay hasta La Plata para entrenar con Estudiantes. De eso y de mucho más se acordaría también la tarde de la final, mientras se calzaba la camiseta que hoy tiene enmarcada en su living. Esa camiseta, por la que coleccionistas le ofrecieron el valor de una casa en dólares, tiene un agujero en el pecho. A los 5 del segundo tiempo, un choque con Hoeness le luxó el hombro derecho. Y el Tata, que ni muerto salía de esa cancha, mordió la celeste y blanca, le arrancó un pedazo y calzó el meñique a la altura de las tripas para inmovilizarse la mano y seguir jugando. En el cuadro al lado de esa camiseta hoy hay una medalla de campeón del mundo. Pero en la mesa de ese living hay también unas radiografías. Es que actualmente, casi 30 años después, esa vieja luxación sigue molestándole.

27 Lo gritás conmigo. En los días previos a la final, a Jorge Valdano le pesaba un gol insólito que había errado en la semifinal con el arco vacío. Marcelo Trobbiani, compañero de cuarto en ?La Isla?, le levantaba el ánimo haciéndole gritar con fuerza los goles en las prácticas y pronosticando que iba a marcar uno en la final. ?Y lo vas a venir a gritar conmigo?, le decía. A los 11 del segundo tiempo, Valdano recibe de Enrique y se escapa por la izquierda. Según cuenta, en esos segundos se acordó de la pifia con Bélgica, de todo lo que le costó llegar hasta esa ocasión de gol, en lo feliz que sería el resto de la vida si esa pelota entraba y en que todo aquello no lo distrajera de lo que tenía que hacer a continuación. Acomodar el cuerpo, tocar de derecha y darle la razón a Trobbiani en todo.

28 Medalla. Del equipo que fue a México, Bilardo es el único que no volvió con una medalla. La explicación ocurre entre los minutos 74 y 81. Alemania empata con dos córners calcados, dos pelotas paradas como las que el DT trabajó toda la vida, pero que esa tarde lo ?madrugaron?. Al ?Doc?, su propia medicina. Fue tal la calentura, que aún en la premiación victoriosa se sacó la medalla y la revoleó. Hoy, arrepentido, se trae de souvenir hasta los programas cada vez que va a dar una charla a la FIFA, pero no se anima a pedir que le reimpriman otra.

29 Campeones. Casi de la misma manera que arranca el gol más recordado de esa Copa comienza su gol final. Maradona recibe de Enrique en el mismo punto geográfico que ante los ingleses, pero en lugar de hacer un slalom irrepetible lanza un pase ídem para Burruchaga, que empieza a correr solo de cara a una portería que le queda a casi 40 metros. No tiene que gambetear a nadie más que al miedo. Faltan cinco minutos para el final, el terreno es desprolijo, el arquero no sale, los nervios lo vienen camiseteando. El dice que solo ve una mancha amarilla, el buzo del portero alemán que no se acerca nunca. De repente está ahí, en la puerta del área, en la puerta de la gloria. Burru: 1,73 cm, 71 kg, 23 años, que supo ser diarero, albañil, que para el primer título mundial de la Argentina había sido uno de los pintores del Monumental, hoy le toca el oficio de darle el segundo título al país. Plata o mierda. Entra. Hay un arquero que achica abriendo aparatosamente las piernas. Y Burru la toca, despacito, como indicándole que siga sola de camino al gol, mientras él rumbea para el otro lado, a contarle al mundo que son campeones.

30 Tres décadas después. Luego del gol de Burru vino la Copa, la vuelta olímpica en el predio del América, un millón de personas en Ezeiza, el balcón de la Rosada, la película Héroes, la carrera, el retiro, la vida después del fútbol. Para esos hombres sería imposible volver a separar sus apellidos de la gesta. En el cariño de la gente, en el recuerdo, en las anécdotas, pero tampoco en sus corazones. A Brown todavía se le pone la piel de gallina cuando habla de la final. Enrique quiere salir a la cancha cuando escucha el himno en los actos del jardín de su nieto. A Olarticoechea, Ruggeri le sigue agradeciendo un despeje ante Inglaterra cada vez que se juntan a comer en lo de Burruchaga. Pero para la Selección, no habrá otro título. En el medio pasaron 30 años de pálidas. Codesal, la enfermera, el machete de Lehman, el asalto trunco en caravana a Brasil. Passarella y Maradona, los dos capitanes, lo intentaron con el buzo de DT y no pasaron de Cuartos. Ese plantel del ?86, tan castigado en la previa, tan menospreciado con los años bajo el sospechoso rótulo de ?Eran Diego y diez más?, hizo de la adversidad una bandera y combinó el sacrificio con el hambre de gloria, alquimia suficiente para convertir un crack en un iluminado y traer a casa por última vez el oro. El último campeón argentino, la última historia feliz que contar.